Tu Historia entre Árboles
Era una noche de luna, quieta y templada. Los árboles apenas movían sus copas. La paz del lugar contagiaba a los animales que dormitaban serenos.
El monte tragó el ruido de la frenada y el retumbar del auto dando vueltas por la banquina. Algunos aleteos inusuales y luego, los sonidos del silencio: grillos, sapos o tal vez un crespín penando. Silencio, sólo silencio. Pero de ese silencio que se oye; cargado de voces, de susurros, de historias que reclaman no ser olvidadas. Entonces el monte escuchó y contó.
La historia de Francisco era una entre tantas. Había nacido y vivido en esas sierras cordobesas. Él amaba su lugar de origen, cada rincón de las sierras le sabían a vida, a encuentro. Tenía una comunión con la tierra como pocas personas.
Francisco era el menor de seis hermanos. Había llegado cuando sus padres estaban en pleno divorcio. Un mal momento para querer vivir, pensaba sobre sí mismo. Él pagó en carne propia los errores ajenos; pero aunque supiera que habían sido equivocaciones de otros, no podía dejar de sentirse culpable.
Ahogaba sus dolores en el alcohol y las drogas. Si bien era un ser de corazón infinito, cuando consumía se volvía agresivo. Dejaba salir su ira con personas equivocadas; y por lo general, terminaba demorado en un calabozo.
Aunque quería callar sus pesares, por la piel le corría el deseo de expresarse y terminaba hablando en espacios y con personas poco indicadas.
- Vos no sos un hijo… me dijo mi vieja, sos un aborto frustrado. Por eso cuando volví de Italia le pregunté: ¿todavía seguís arrepentida de no haberte hecho un aborto? No sabía qué responder…
- Dale, Fran, no pienses en tu vieja, mirá qué divina está la noche. Vamos a pedir otra copa.
- Mi novia siempre me decía: anda al psicólogo, en algún momento te vas a mandar un moco. ¡Pero yo no estoy loco! – dijo, empujando de un trago las palabras de esa madre.
La rubia tomó a Francisco del brazo y lo condujo hasta la barra. A pesar del bullicio de la fiesta, él seguía absorto en su nostalgia, sintiéndose un niño indefenso, responsabilizando a los otros por padecimientos no resueltos. Y llenándose de culpa por la culpa… un camino sin fin.
Se desahogaba con una desconocida que ponía cara de preocupada, fingiendo una postura entre maternal y seductora. Francisco miró a la rubia que hablaba con gestos exagerados, aparentando una escucha que a él le sonaba impostada.
Una arcada le llegó hasta la garganta. Y sin pensarlo, apretó con fuerza las mejillas de la mujer obligándole a abrir la boca y le introdujo su lengua desquiciada.
- ¡Pará Fran, así no!
- Dejáme de joder, reventada- dijo Francisco alejándose tambaleante.
Se detuvo arrepentido y se dio vuelta para disculparse, pero la rubia ya hablaba con otro hombre que le ofrecía un trago. La arcada le volvió cargada de bilis. Tuvo que correr para alejarse del gentío. Se recostó contra una pérgola y sacó un cigarrillo de marihuana. Dio intensas pitadas y cerró los ojos. Los ecos de su propia narración le resonaban en el alma.
Soñó que era niño otra vez. Que su madre lo abrazaba mientras le dedicaba dulzuras al oído y le acariciaba el cabello.
- Acá está mi príncipe salvaje – dijo la rubia.
- Ayudáme tarada, así nos vamos de una vez.
- Tratáme bien o me voy a enojar de verdad.
Francisco chasqueó la lengua y le rodeó el cuello con el brazo.
Aceleró en una ruta desierta, oyendo los susurros de los árboles. Se sintió parte del monte, hijo de la tierra. Pero prefirió seguir masticando las palabras atoradas.
No escuchó el gemido de los árboles ni a los pájaros aletear cuando su auto se estrelló.
Al abrir los ojos, vio un ángel. El ángel le habló y le explicó sobre su sangre, el alcohol y las drogas. Le prometió ayudarlo. Francisco se dio vuelta en la cama diciéndose a sí mismo que estaba escuchando otra mentira. Pero en el fondo, aunque silenciado por sus dolores, latía el deseo de vivir.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 27 de septiembre de 2011
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