lunes, 19 de diciembre de 2011

Antonia

Antonia
Antonia le salvó su hombría. Cuando ella se convirtió en su hermana, a él le liberaron el destino.
Justina era una de las tantas criadas de la casa: mestiza, grandota y entrada en carnes,  por lo que nadie notó los meses que estuvo encinta. Ni siquiera su patrona, a la que nada se le escapaba, percibió algún cambio en los andares de Justina.
Dio a luz encerrada en una letrina. Con gritos acallados pujó en soledad. Justina envolvió a la recién nacida (luego bautizada como Antonia) en trapos viejos y huyó en silencio.
El llanto de la beba llamó la atención de los peones que corrieron al precario cuarto de tablones, ubicado en el patio más alejado de la casa. La niña miraba desde el rincón oscuro del baño las caras de la peonada, que comenzó a pasarla de brazo en brazo.
De modo incansable, buscaron a Justina (ya era sabido que su amante –un hombre casado- había dejado de visitarla y todos confundieron en los penares de la mestiza) la niña tenía hambre y no encontraban manera de calmarla. Pero Justina no había dejado señales de su paradero, la ciudad se la había engullido.
Una sirvienta mulata amamantó a la niña. Con sus enormes pechos calmó día a día los gritos de Antonia, quien se fue convirtiendo en una rozagante criatura.
Después de unos pocos días, los peones no supieron qué más decir a la patrona para justificar la ausencia de Justina, y cuando se convencieron de que ya no volvería, confesaron la existencia de Antonia.
Blanca era una mujer de disposiciones férreas, liberal para su época. Se había casado obligada y, sin conocer ningún secreto de alcoba, había parido seis varones.
Cansada de ser carne de pasión apagada, había abandonado a su marido. Con la excusa de acompañar a la ciudad a los hijos en edad de estudiar, silenció las protestas del esposo surcándole la cara con un machete sin filo.
-         Usted no vuelve a tocarme. Siquiera lo intenta y uno de los dos pierde la vida – sentenció la mujer mientras empuñaba el arma.
-         No puede abandonarme, ¿qué diremos a la gente? – respondió él, conteniendo con las manos la sangre que se le escurría a borbotones.
-         En cada fiesta patria o evento social nos haremos compañía, seremos amables y recorreremos la plaza tomados del brazo. Pero hasta la puerta de mi casa llega la mentira.
Dejó la estancia cuando el sol no había aclarado.  Y cargando hijos, paquetes y sirvientes leales -entre ellos, Justina- había llegado a la ciudad de Córdoba. Allí regenteó como un coronel la casa heredada de sus padres, que se encontraba en estado lamentable.
La llegada de Juan Simón, el último varón de doña Blanca, había terminado de enterrar el sueño de tener una niña. Junto con el último nacimiento, Blanca dispuso no quedar embarazada nunca más y abandonar a su marido.
La esperanza de acunar la soñada hija la había hecho soportar los bufidos del esposo en los momentos de intimidad y secarse las gotas de sudor que le caían encima mientras él saciaba su apetito.
A ella, todo referido a lo carnal le repugnaba, así como también detestaba estar embarazada y no poder disponer de su cuerpo para las intensas tareas domésticas que eran lo único que le sosegaba el alma. Pero lo peor de todo era el momento del alumbramiento.
Cada parto le llevaba tres días, donde no sólo gritaba y lloraba, sino que se desmayaba, vomitaba y volvía en sí para seguir pujando y gritando. En cada contracción creía que se le iba la vida. Pero al final nunca moría y de ella nacía un niño morado que berreaba como ternero hambriento.
Juan Simón fue el único que llegó al mundo en escasas doce horas, con el cabello amarillo como el trigo y los ojos azules como el mar. Doña Blanca lo alzó con los ojos llenos de lágrimas al descubrir que había vuelto a parir un varón.
Pero decidida como era, no resignó su ilusión, sino que vistió a Juan Simón con atuendos primorosos llenos de puntillas blancas inmaculadas.
Le dejó crecer el cabello dorado al que le armaba perfectos bucles. Las perneras se las cosía bien acampanadas, simulando ser polleras; siempre en tonos pasteles, adornadas con cintas, encajes y puntillas.
Los hermanos mayores no se atrevían a contradecir a su madre, pero en los momentos en que escapaban a su vigilancia, ayudaban a Juan Simón a ponerse ropa masculina.
Entre estos dos atuendos, recibió más de una burla y de muy pequeño comenzó a defenderse a fuerza de puños y patadas.
Por eso, cuando doña Blanca supo de la niña abandonada por Justina, la adoptó como propia y prohibió a todo conocido que alguna vez se le mencionara a Antonia su verdadero origen.
Las ropas de Juan Simón pasaron al cuarto de Antonia. Nunca nadie mencionó los años que el muchacho había vestido de niña ni se volvió a buscar el paradero de Justina.
Ya siendo un hombre mayor, Juan Simón evocaba los primeros años de su infancia. Conservaba alguna fotografía de esa época: él con sus polleras adornadas, sus bucles largos y perfectos, sosteniendo una rosa entre las manos.
No tuvo mucha relación con Antonia, pero no hubo un día en que no se preguntara qué habría sido de su destino si ella no hubiera surgido desde una oscura letrina, la misma donde él enterraba una y otra vez su pasado de niño.
Aunque no se lo dijera nunca, cada vez que la miraba agradecía en silencio a su hermana Antonia: la mujer que le salvara su hombría.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 15 de diciembre de 2011

sábado, 10 de diciembre de 2011

Cerca y Lejos

Cerca y Lejos
Era una novedad que una mujer no se apartara de sus pensamientos; a él, un hombre autosuficiente, dominante y calculador.
Si bien transitaba una de sus pocas crisis, no le parecía estar tan débil como para haberse enamorado cuando menos le convenía.
Su crisis era meramente laboral y había comenzado hacía varios meses porque quería dejar su trabajo y montar su propia empresa. Tenía todo listo para llevar a cabo sus planes, pero su jefe/amigo le suplicaba que no se fuera.
Después de una fuerte discusión, decidió utilizar un pasaje en un crucero que le habían obsequiado y estaba por caducar.
Una vez acomodado en el crucero, buscó con la mirada el sitio que ocuparía los próximos días al lado de la piscina, cerca de una inmensa barra. Se quitó los lentes negros para apreciar mejor el paisaje, todavía le parecía increíble encontrarse en ese viaje. Pero ahí estaba y mejor si lograba relajarse.
La mayor parte de las camareras de la tripulación le sonreían amables y le sugerían charlas amenas. Pero Marcos había decidido no socializar, quería dejar su cabeza en blanco.
Esa era la idea del viaje: nada de trabajo y nada de mujeres. Ni siquiera sexo casual con una camarera.
Devolvió con sonrisa indiferente el saludo de la moza. Tomó un trago y cerró los ojos para dejarse llevar por el ondular del mar. En ese goce estaba cuando la vio. Ella apoyaba sus cosas en la reposera contigua. Era una morena impactante.
El corazón se le escapó para saludarla. Los ojos se inclinaron sobre sus pechos, sin disimulo. Se enojó consigo mismo. Debía ignorar semejante tentación. Pero las manos le latían en un saludo negado.
A la mañana siguiente, en su reposera, esperaba a la morena, quien lo saludó al llegar. Él fingió no haber oído y se sintió infantil.
Cerró los ojos y las preguntas avanzaron en su mente: ¿qué hacía una mujer sola en un crucero? ¿estaría sola? Seguramente venía con su marido, le buscó las manos: no había anillo. ¿Sería lesbiana? no, ¡no miraba mujeres! ¿Divorciada? se la veía muy distendida... ¿Viuda?... ¿Tendría hijos? Cualquier posibilidad la convertía en inapropiada para él y su situación actual.
-         Hola... Marcos, ¿no?
-         Ejemm... – silencio - ¿cómo sabés mi nombre?
-         Por la Cruise Card– dijo la morena señalando la tarjeta magnética apoyada en la toalla – Marcos ¿Hamargo?
-         Sí, como amargo, pero con H...y sí, soy amargo – dijo cansado de la eterna broma de infancia.
-         Ah, no tenés cara de amargado, igual pensaba en el origen...
-         Tu nombre es... 
-         Carmen Ruiz, camarote  3034, ¡cuando gustes!
El comentario le sonó desatinado, como salido de un comercial Pero lo dejó pasar.
-         ¿Y qué hace una mujer sola en un crucero? – dijo, animándose a arrojar su duda.
-         Trabajo – respondió ella tomando el libro y dando por finalizada la conversación.
Marcos se llenó de impotencia ¿quién se creía que era para mostrar indiferencia? ¡Encima él, decido a no interactuar con nadie, había hecho una excepción!
Se dispuso a ignorarla; pero los ojos porfiados se salían de sus páginas buscando conocer a su compañera de lectura.
Invitaba a su mente a pensar en algo diferente,  como la cara de su amigo suplicante o  en su nuevo proyecto; pero ¡no había caso! los pensamientos estaban ensañados con la morena del lado. No voy a hablarle ni responderle cuando ella lo haga, ¡me voy a hacer el sordo! se decía enojado.
La morena levantó sus cosas y se marchó de la piscina sin mirarlo. Marcos no pudo quedar más desconcertado. ¡Qué maleducada!  Ni un chau, nos vemos, un gusto hablar con vos... ¿quién se creía? ¡ojalá no me la cruce, porque entonces el maleducado voy a ser yo!
-         Hola bombón, ¿te acompaño a cenar? – dijo Carmen mientras se sentaba a su mesa – hoy no quiero comer sola, y me imagino que vos tampoco.
-         Ya hice mi pedido –tartamudeó Marcos.
-         Su cena, caballero – dijo un mozo – y su plato preferido, señorita Carmen.
Marcos miró al mozo desconcertado, pero al instante la morena le habló y se olvidó del mundo.
-         ¿Compartimos un vino?
-         “Usted” elija que yo invito – dijo Marcos, jactancioso.
La morena señaló al mozo el vino más caro de la carta. A Marcos le pareció una venganza por su machismo, lo que terminó causándole gracia.
-         Vecino de reposera, ¿qué hace semejante buen mozo solo en un crucero?
-         Lo mismo pregunté yo.
-         Cierto – dijo Carmen reflexiva –, es mejor no indagar.
-         Bueno, si no vale preguntar, ¿de qué hablamos?
-         De la noche, del mar, del clima... cosas típicas que hacen amenos los momentos entre extraños.
El vino familiarizó sus extrañezas, la noche agitó sus lenguas y el mar les onduló las ganas. 
Enredados entre besos y caricias, avergonzaron el camarote 3034.
Ella lo despertó antes del alba y lo invitó a retirarse. Marcos se fue enojado, sintiendo que estaba a merced de una voluntad ajena.
Carmen no apareció. Él la esperó en la reposera, en la barra, hizo recorridos “casuales” por el crucero, buscando encontrarla entre grupos risueños. Pero no estaba por ningún lado. Ni en el spa, ni en la otra piscina, ni en las barras al aire libre, ni en el casino.
Estuvo a punto de ir a golpear la puerta de su camarote, pero se contuvo. Si ella no había ido a verlo, era porque no lo deseaba.
Fue a cenar invitado por la ilusión de que la morena se le sentara atrevida a la mesa y pidiera el vino más caro. Pero la morena no se sentó y no hubo risas ni besos.
Le quedaba un día de crucero. Ardía de enojo y frustración por sentirse usado y abandonado. Soy un maricón cualquiera se decía con desprecio.
En la piscina Carmen lo saludó como si no hubieran transcurrido demasiadas horas desde su encuentro.
-         Hola, bombón – dijo levantando la mano al mozo – hoy terminamos el viaje, ¿querés darme tu número así te llamo?
Mientras el mozo le dejaba la bebida, Marcos barajaba la idea de negarse. ¿Por qué no ofrecía ella su número? ¿qué clase de juego estaba jugando? Quería desesperadamente volver a verla. Se sentía una marioneta.
-         ¿Tenés para anotar? – preguntó.
Esta vez, en el teléfono tampoco sonó la voz que esperaba. Habían pasado ocho días desde que bajaron del crucero y la muy desaprensiva  no había llamado.
-         En veinte minutos te espero – le dijo a su cliente de mal modo y arrojó el celular al sillón.
Sonó nuevamente y corrió como un adolescente a buscarlo. Número desconocido, leyó en el visor.
-         Hola, bombón...
-         ¿Quién habla? – preguntó fingiendo compostura.
-         ¿Querés cenar en el Ultra a las nueve y media?
-         Allá nos vemos – respondió apresurado por cortar y no llenar el aire de reclamos.
Así siguieron las próximas semanas. Ella llamaba, se encontraban en un restaurante, iban a un hotel. Él preguntaba su número, ella evadía. Él ofrecía llevarla a su casa, ella eludía. El pedía, ella negaba.
-         Estoy cansado – le dijo dispuesto a todo –, no quiero más esta relación. Es la primera vez que me enamoro. Y necesito tenerte.
-         Yo también estoy enamorada. Pero no puedo. Jamás cedería mi trabajo.
-         No pido que dejes de trabajar, sólo quiero una relación normal.
-         No soy normal. Mi trabajo no es compatible con el amor. Soy de todos y no soy de nadie.
-         ¿En qué trabajás? Por favor, sé directa.
-         Te creía un hombre inteligente.
A él las piezas de un rompecabezas se le ordenaron mágicamente: ella en el crucero: trabajando, camarote 3034, ¡cuando gustes!,  la familiaridad de los mozos, negar su número de teléfono y su dirección; los vinos, restaurantes, hoteles; soy de todos y no soy de nadie...
Se sirvió un whisky y se calmó lentamente. La ira lo había llevado a romper puertas; a llamar a su amigo para terminar de mal modo con su trabajo, gritándole las verdades que por cariño había callado.
No sabía cómo ni de qué forma, pero esa mujer  le estaba jugando una mala pasada. Qué cínica la vida. El comercio del amor no es compatible con el amor.
Sonó el celular, tuvo miedo de mirarlo, sabía lo que deseaba y lo que temía. Una decisión le podría cambiar un destino. Con el deseo helado buscó en la pantalla: número desconocido.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 3 de diciembre de 2011