Antonia
Antonia le salvó su hombría. Cuando ella se convirtió en su hermana, a él le liberaron el destino.
Justina era una de las tantas criadas de la casa: mestiza, grandota y entrada en carnes, por lo que nadie notó los meses que estuvo encinta. Ni siquiera su patrona, a la que nada se le escapaba, percibió algún cambio en los andares de Justina.
Dio a luz encerrada en una letrina. Con gritos acallados pujó en soledad. Justina envolvió a la recién nacida (luego bautizada como Antonia) en trapos viejos y huyó en silencio.
El llanto de la beba llamó la atención de los peones que corrieron al precario cuarto de tablones, ubicado en el patio más alejado de la casa. La niña miraba desde el rincón oscuro del baño las caras de la peonada, que comenzó a pasarla de brazo en brazo.
De modo incansable, buscaron a Justina (ya era sabido que su amante –un hombre casado- había dejado de visitarla y todos confundieron en los penares de la mestiza) la niña tenía hambre y no encontraban manera de calmarla. Pero Justina no había dejado señales de su paradero, la ciudad se la había engullido.
Una sirvienta mulata amamantó a la niña. Con sus enormes pechos calmó día a día los gritos de Antonia, quien se fue convirtiendo en una rozagante criatura.
Después de unos pocos días, los peones no supieron qué más decir a la patrona para justificar la ausencia de Justina, y cuando se convencieron de que ya no volvería, confesaron la existencia de Antonia.
Blanca era una mujer de disposiciones férreas, liberal para su época. Se había casado obligada y, sin conocer ningún secreto de alcoba, había parido seis varones.
Cansada de ser carne de pasión apagada, había abandonado a su marido. Con la excusa de acompañar a la ciudad a los hijos en edad de estudiar, silenció las protestas del esposo surcándole la cara con un machete sin filo.
- Usted no vuelve a tocarme. Siquiera lo intenta y uno de los dos pierde la vida – sentenció la mujer mientras empuñaba el arma.
- No puede abandonarme, ¿qué diremos a la gente? – respondió él, conteniendo con las manos la sangre que se le escurría a borbotones.
- En cada fiesta patria o evento social nos haremos compañía, seremos amables y recorreremos la plaza tomados del brazo. Pero hasta la puerta de mi casa llega la mentira.
Dejó la estancia cuando el sol no había aclarado. Y cargando hijos, paquetes y sirvientes leales -entre ellos, Justina- había llegado a la ciudad de Córdoba. Allí regenteó como un coronel la casa heredada de sus padres, que se encontraba en estado lamentable.
La llegada de Juan Simón, el último varón de doña Blanca, había terminado de enterrar el sueño de tener una niña. Junto con el último nacimiento, Blanca dispuso no quedar embarazada nunca más y abandonar a su marido.
La esperanza de acunar la soñada hija la había hecho soportar los bufidos del esposo en los momentos de intimidad y secarse las gotas de sudor que le caían encima mientras él saciaba su apetito.
A ella, todo referido a lo carnal le repugnaba, así como también detestaba estar embarazada y no poder disponer de su cuerpo para las intensas tareas domésticas que eran lo único que le sosegaba el alma. Pero lo peor de todo era el momento del alumbramiento.
Cada parto le llevaba tres días, donde no sólo gritaba y lloraba, sino que se desmayaba, vomitaba y volvía en sí para seguir pujando y gritando. En cada contracción creía que se le iba la vida. Pero al final nunca moría y de ella nacía un niño morado que berreaba como ternero hambriento.
Juan Simón fue el único que llegó al mundo en escasas doce horas, con el cabello amarillo como el trigo y los ojos azules como el mar. Doña Blanca lo alzó con los ojos llenos de lágrimas al descubrir que había vuelto a parir un varón.
Pero decidida como era, no resignó su ilusión, sino que vistió a Juan Simón con atuendos primorosos llenos de puntillas blancas inmaculadas.
Le dejó crecer el cabello dorado al que le armaba perfectos bucles. Las perneras se las cosía bien acampanadas, simulando ser polleras; siempre en tonos pasteles, adornadas con cintas, encajes y puntillas.
Los hermanos mayores no se atrevían a contradecir a su madre, pero en los momentos en que escapaban a su vigilancia, ayudaban a Juan Simón a ponerse ropa masculina.
Entre estos dos atuendos, recibió más de una burla y de muy pequeño comenzó a defenderse a fuerza de puños y patadas.
Por eso, cuando doña Blanca supo de la niña abandonada por Justina, la adoptó como propia y prohibió a todo conocido que alguna vez se le mencionara a Antonia su verdadero origen.
Las ropas de Juan Simón pasaron al cuarto de Antonia. Nunca nadie mencionó los años que el muchacho había vestido de niña ni se volvió a buscar el paradero de Justina.
Ya siendo un hombre mayor, Juan Simón evocaba los primeros años de su infancia. Conservaba alguna fotografía de esa época: él con sus polleras adornadas, sus bucles largos y perfectos, sosteniendo una rosa entre las manos.
No tuvo mucha relación con Antonia, pero no hubo un día en que no se preguntara qué habría sido de su destino si ella no hubiera surgido desde una oscura letrina, la misma donde él enterraba una y otra vez su pasado de niño.
Aunque no se lo dijera nunca, cada vez que la miraba agradecía en silencio a su hermana Antonia: la mujer que le salvara su hombría.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 15 de diciembre de 2011