sábado, 4 de febrero de 2012

En una Sillita Alta

En una Sillita Alta
              Me gusta ver a una persona caminar feliz. La alegría se percibe, se palpa; no sé por qué, pero cuando alguien está contento camina con una sonrisa en el alma y quien lo observa, se contagia un poco de esa felicidad.
              Así me pasó con Salvador. Lo conocí en las calles universitarias. Era alto y atractivo. Pero lo más hermoso que tenía era su sonrisa. Cuando nos conocimos, él estudiaba geología.
              Salvador era el más querido y popular de mis amigos. Vivía en una casita blanca de ventanas azules, a pocas cuadras del centro de Río Cuarto. Todos pasábamos por ahí a tomar un mate y terminábamos tomando un vino y comiendo un asado. En menos de quince minutos se había formado una reunión multitudinaria. Con  guitarra y bombo incluido o alguna voz desafinada.
              A nosotras (mis amigas y yo) nos encantaba ir, ya sea para ver a Salva o a los amigos que llegaban a visitarlo. Una siempre regresaba al departamento “enamorada” de algún estudiante hippie. Si hasta una vez había un “gallego” que nos cautivó a todas con su tonada cargada de zetas.
              Salva se recibió con honores y enseguida consiguió una beca para continuar sus doctorados en la misma Universidad Nacional de Río Cuarto. El día que le confirmaron la beca, se hizo hombre.
              Venía caminando con su sonrisa bajo el brazo y sus títulos en la cara. No veía nada más que un futuro brillante. Así entró al comedor universitario. Sabía que allí habría algún conocido a quien contar sus logros. Pidió un café y con el vaso de plástico en la mano se dirigió a las largas mesas llenas de alumnos, algunos estudiando en grupos o comiendo un sándwich, otros fumando y charlando. 
              Recorrió  con la mirada los rostros de los estudiantes. Pasó por alto una chica que se tapaba la cara con las manos. El cabello le resultó familiar así que volvió su atención para deducir de quién se trataba. Era ella.
              Con un nudo en el estómago se dirigió hacia donde estaba sentada. Lloraba. En ese instante, tuvo miedo de la vida. Pero ignorando sus temores, la llamó por su nombre.
-       ¿Paloma? –  dijo, percibiendo el temblor en su voz.
-       Salva – respondió la muchacha, levantando apenas la mirada.
-       ¿Me puedo sentar?
-       No te conviene.
Salva se sentó y sorbió un poco de su café.
-       ¿Querés tomar algo?
-       No me entra nada en el estómago.
-       ¿Por qué llorás?
-       No puedo contarte.
-       Vamos, Pilo, vos podés contarme lo que sea.
-       Siempre el mismo, haciendo honor a tu nombre. Pero nadie puede salvarme, te aseguro.
-       Che, no debe ser para tanto, contáme. Mirá que no pienso irme sin saber qué te pasa. Y ya conocés que puedo ser muy insistente.
-       Te cuento, pero sólo porque sé que no vas a parar y porque aparte, ya está, no hay remedio.
¿Te acordás de Ramiro? – Salvador asintió con un gesto desganado (¿cómo no recordarlo? era el hombre que le había robado el corazón de su amada)-. Bueno, resulta que me dejó. Se fue a vivir a España con el Juanma, a probar suerte.
Lo llamé esta mañana, antes de venir a la facu y volvió a decirme que no quería saber nada conmigo. Lloré, le supliqué. ¡Te juro que me iría si me lo pidiera! pero no quiere... es más: me lo prohibió cuando se lo mencioné.
-       Es un pelotudo.
-       Pará, que falta. Cuando se fue yo ya tenía un atraso. Me dijo que si estaba embarazada me hiciera un aborto. Me dejó plata para eso. Pero te juro que no pude. No quería decirle, porque esperaba que me pidiera que fuera porque me extrañaba.
Esta mañana le dije que nunca me hice el maldito aborto, que tenía su hijo adentro mío. Me gritó, me insultó. Me dijo que era mí responsabilidad, que uno elige cuándo tener un hijo y que él me había dejado en claro que no lo quería. Me dijo que me jodiera, que no lo volviera a llamar más.
Hoy vienen mis viejos y voy a tener que decirles. Yo sé que mi papá me va a dejar de pasar plata, sé que no voy a poder terminar de estudiar. Te juro que no lo pensé cuando me negué a ir a ese puto médico.
-       Hiciste bien Pilotita, un hijo es una bendición. Aunque ahora todo parezca complicado. La vida tiene mil vueltas y las cosas se van a solucionar. Si vos le hacías caso a Ramiro, por ahí el día de mañana podrías tener toda la plata o el éxito profesional, pero el cargo de conciencia no te lo sacaba nadie.
-       ¿Vos decís? No lo veo tan así. Te aseguro que no pensé en todo eso. Sólo pensé en que Ramiro no se iba a atrever a dejarme si yo estaba embarazada.
-       Yo sé que vos pensaste en el hijo que late en tu vientre. Y eso te convierte en mi heroína.
-       Ninguna heroína, Salva, quiero tirarme del puente.
-       Que ridícula. Yo te acompaño a hablar con tus viejos. Si te echan, te venís a casa, hay una habitación libre. Viste que El Chavo consiguió un puesto en el SENASA de La Rioja.
-       Ah, no sabía, qué bien El Chavo, nunca imaginé que se recibiría, era bastante burro.
-       No era burro, era un poco tarta, pero es un bocho y un buen tipo.
-       Para vos, todos son buenos.
-       Y sí, todos tenemos algo bueno, ¿no?
-       Qué se yo. A mí no me importa mucho la gente.
              Salva acompañó a Paloma a hablar con sus padres. La ayudó a llevar sus cosas al cuarto del Chavo. Se fue a su pueblo de origen, donde aún vivían sus padres y buscó en los cuartos de depósito una silla alta de madera. Era la sillita que él y sus hermanos habían usado para comer sus primeros alimentos.
              Pasó semanas lijando y pintando la silla. La ubicó en la cocina y comenzó a soñar con el bebé que vería sentado.
              Obligaba a Paloma a salir al patio, le cebaba mates al sol. Le hacía levantar los pies en una banqueta “para que no retuviera líquido”. Se recostaba sobre su vientre y sentía los movimientos del “poroto”. Ella se dejaba hacer.
              Si tengo que ser honesta, todas odiábamos a Paloma. Ella nos había robado a nuestro galán, que andaba hecho un tonto atendiéndola y ni siquiera se dignaba a amarlo como cualquiera de nosotras lo hubiera hecho.            Porque aunque ya no se nombrara en voz alta, todos sabíamos que en sus pensamientos sólo había espacio para Ramiro. Pero también nos enternecía Salva, verlo tan enamorado de ella y soñando con un hijo que no le pertenecía.
              Una mañana Salvador pidió permiso para entrar al cuarto de Paloma y la encontró llorando, sentada en su cama. Él la abrazó por la espalda, la acunó hasta calmarla. Ella se secó las lágrimas y lo besó en la boca. Un beso salado, húmedo, cargado de dolores. Él se entregó con pasión, ella parecía encenderle la vida.
              Salva compró una cama de dos plazas, sábanas de algodón, acolchado de plumas. El cuarto del Chavo pasó a ser sólo de la beba.
              Decoró con amor la pieza de la niña. Nosotras nos desvivimos por decirle de qué color pintar el cuarto ...que sólo una pared sea de color fucsia y el resto blanca. Que compre cortinas fucsias y acolchadito del mismo color. Que compre una cómoda blanca y  pinte los cajones de fucsia...” Él nos hacía caso en todas las recomendaciones. La pieza terminó pareciéndose al de una princesa.
              Cuando nació Lucía él se volvió loco de amor. La bañaba, la cambiaba, le preparaba las mamaderas, así como también era el que se levantaba de madrugada y la llevaba al comedor a bailar (decía que así se relajaba); le ponía folclore y le prestaba su guitarra.
              Lucía era hermosa. Aunque no lo crean, se parecía a Salva. Tenía su mirada, su sonrisa, su nobleza. Era la mascota de la casa. Todos íbamos a visitarla y a llevarle caramelos, juguetes, pinturitas para la cara. Ella se tiraba a los brazos del que entrara primero. Bailaba, cantaba, nos hacía reír a carcajadas.
              Durante esos años, Paloma siempre miraba de lejos. No recuerdo haberla visto sonreír ni participar. Pero todos queríamos quererla, por Salva.
              Lucía ya estaba en sala de cuatro. Salvador llevaba y traía a su hija al jardín de infantes de la universidad. Siempre se lo veía orgulloso, con la niña sobre los hombros. Dando saltos y cantándole algo de moda, para que después ella lo acompañara con su vocecita en las reuniones.
              Un día Salva llegó a su casa y vio a Paloma con los bolsos armados. Ella le dijo que Ramiro había regresado y que la quería de vuelta, que había conocido a Lucía hacía unas semanas y se había encariñado. Que lo sentía mucho pero que no las molestara. Salvador intentó hablar, entender, pero ella ya se había ido, sin decir más palabras.
              Después de unas semanas golpeando puertas de cada conocido, llamando a los padres de ella, yendo al jardín de infantes, pero sin lograr dar ni con la madre, ni con su hija;  Salvador estaba en un kiosco y ve a Lucía en la calle. Se asoma por la puerta, con miedo de que fuera una ilusión. La niña corre hacía él.
-       ¡Papá, papá, papá!
-       Mi solcito, mi amor, mi vida. – le dice él, abrazándola, de rodillas en la vereda.
-       Te dije que no era tu papá, ¿te expliqué o no que Ramiro era tu verdadero padre? – le dijo Paloma zarandeándola del brazo.
-       Pará Pilo, es muy chiquita, no entiende.
-       No me digas más Pilo, soy Paloma y no es chica. Alejáte Salvador, si ella te sigue viendo no vamos a lograr nunca ser una familia.
Paloma se alejó con la niña a la rastra gritando “¡papá, papá, papá!”.
             
              En una cocina sin olor a comida, estaba sentado Salvador. El vaso lleno de ginebra. Frente a él, una sillita alta, vacía.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 23 de enero de 2012

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