Encuentro con la Ironía
La noticia que leyó en el diario le cortó la respiración, tantos años de duro trabajo e intensas luchas al fin daban sus frutos. Acababa de aprobarse la Ley de Violencia Familiar.
Laura todavía era estudiante universitaria cuando comenzó a participar en los movimientos de protección a la mujer. Pero recién ahora, recibida hacía varios años de Licenciada en Psicología Social, podía comenzar a ver sus primeros logros en ámbitos legislativos. Ella y sus compañeras de sede, eran titular de los diarios de la mañana.
Leer la noticia de palmo a palmo le despertó una honda esperanza y un renovado espíritu de lucha que borró, sin querer, las secuelas de tantas amarguras que aniquilaban su pasión por trabajar con mujeres maltratadas, víctimas de múltiples tipos de violencia.
Apuró el último trago de café a fin de partir hacia la sede por más que fuera temprano, estaba segura de que sus compañeras se encontrarían allí, ansiosas y felices como ella. Había que compartir este preciado triunfo.
Se le vinieron a la mente los años que llevaba lidiando con mujeres denigradas, de autoestima enjuta. Mujeres que acarreaban hijos y soledades.
Recordó el odio que le provocaba la liviandad de las leyes a la hora de reclamar derechos a los progenitores (la mayoría ausentes e irresponsables); la impunidad con la que los golpeadores entraban y salían de su casa ejerciendo a diestra y siniestra todo el maltrato que les pasara por el antojo.
¿Cuántas mujeres habían llegado con los rostros desfigurados, sangrantes, vejadas...? El número era tan alarmante que habían decidido tener una médica entre las profesionales del equipo (ya que la mayoría de las mujeres se resistían a ser asistidas en hospitales públicos).
Había momentos de crisis profesional donde la ambivalencia de sentimientos que las maltratadas generaba en el equipo técnico era motivo de debate y de lectura teórica constante, ya que más de una vez todas las que trabajaran en dicho espacio habían sentido que a sus ideas se les metía tramposo el imaginario social “...seguro que les gusta que le peguen...” esa frase era la que Laura más repudiaba, pero cuando se le coló en su cabeza, necesitó correr a hablarlo con una psicóloga más experimentada para aquietar su culpa.
Laura recordaba un caso en particular, una mujer que la había marcado a fuego, ya que había sentido cómo una persona podía encarnar la teoría tal cual figuraba en los libros.
Lorena llegó a la sede de mujeres con la cara magullada, llena de sangre seca; casi no podía expresarse con palabras, el llanto le robaba el habla. Su marido le había roto la mandíbula con una pala, le sangraba el oído izquierdo, tenía jirones de piel colgando, el pelo era una maraña de sangre oscura.
Ella la recibió y a los pocos minutos logró que se calmara; mientras esperaban a la médica le pidió que le contara los sucesos.
- Mi marido llegó chupado, eran como las cuatro de la mañana. Yo estaba durmiendo en la pieza de mis hijos porque el más chico tenía fiebre. No lo escuché llegar, recién lo ví cuando se asomó a la pieza. Salí pa’ fuera - me dijo – ¿qué pasa que no estás en nuestra cama? Yo llego y quiero tener a mi mujer. Le pedí que bajara la voz y nos fuimos a nuestra cama. Cuando él me empieza a besuquear, el más chiquito se larga a llorar y yo salgo al tiro a atenderlo. Cuando alcanzo a asomar la cara de la pieza de los chicos, ¡zas! la pala en la cara y ahí nomás, en el pasillo, el muy cobarde, me viola frente a los chicos que lloraban y se abrazaban entre ellos.
- Vamos a denunciarlo, Lore, no puede seguir en tu casa, es un peligro para vos y para los chicos.
- No, doctora, a los chicos les pega poco, sólo cuando se meten a defenderme. Pero yo los tengo apalabrados: que ellos ni chiten cuando el Negro está borracho. Que se escuendan en la pieza y no abran la puerta por nada.
- ¿Y qué hay con vos? ¿vas a esperar a que te mate? ¿querés que tus hijos queden a cargo de un borracho golpeador si te termina matando?
- No, qué voy a querer eso, si lo único que hago es trabajar como burra para que no les falte nada.
- Entonces tenés que hacer algo.
- Es que la casa es del Negro, ¿dónde me voy a ir con tanto crío?
Laura le consiguió casa, trabajo mejor pago, asistencia psicológica. Sentía que ayudar a Lorena era revertir tanta injusticia.
Una noche de calor Laura estaba tomando un helado y ve a Lorena caminando abrazada a un hombre, tenía una sonrisa que no le conocía, feliz como pocas personas. El hombre la besaba en la boca, le hablaba y le sonreía y ella destilaba dicha. Recuerda haber sentido hasta un poco de envidia de ver a esos tórtolos en plena “luna de miel”.
Laura se acercó y al verla Lorena cambió el gesto. Con cara seria la saludó.
- Hola, doctora, le presento al Negro.
- Hola – saludó Laura desarmada, sorprendida.
- ¿Así que usted es la famosa doctora Laura? – dijo el Negro, pedante.
- Ya vengo - le contestó Lorena a su Negro y se llevó a Laura del brazo.
- Me prometió que iba a cambiar, me dijo que no podía vivir sin mí y pa’ qué decirle que yo tampoco sé vivir sin él, que cuando no chupa es un amor...
- Está bien, Lore, no me expliques, me alegra verte bien y que el Negro esté cambiando– le dijo, estampándole un beso en la cara y un abrazo tembloroso.
Lorena volvió varias veces a la sede, algunas quebrada, otras con un hijo también golpeado. Aún hoy sigue con el Negro, pero nadie la puede convencer de que lo deje. Eso a Laura le indigna.
Pero con esta nueva Ley, vamos a poder ayudarlas de verdad, dice Laura en voz alta, mientras se pone su abrigo para salir a la calle.
Afuera todavía estaba oscuro cuando Laura emprendió el camino que la llevara tantas veces a su trabajo.
Después de unos minutos circulando bajo el frío de la madrugada, ve a un grupo de hombres que había encendido un fuego para calentar una pava negra de tizne. Piensa en cruzarse de calle, pero se contiene (odia tener que cuidarse de piropos sexistas, odia tenerle miedo a los hombres sólo porque son más fuertes físicamente).
Pasa entre el grupo haciendo caso omiso a los comentarios, pero uno de ellos le impide el paso. Intenta esquivarlo, ya tiene a uno a su derecha y otro a la izquierda. Un hombre corpulento está parado a sus espaldas. Le tapa la boca, la arrastran unas cuadras hasta una calle sin salida, de terrenos baldíos.
La golpean entre todos, la violan sin prisa. Ella ya no oye. Siente que alguno orina o eyacula. No distingue fluidos.
Cuando vuelve en sí abre apenas los ojos, la vista nublada, de sangre tal vez. Siente el frío metiéndosele entre sus ropas desgarradas. Mira a un costado y allí, tirado en el suelo, está el periódico. Reconoce las letras del titular que esta madrugada anunciaba el triunfo de las mujeres.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 13 de enero de 2012
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