lunes, 30 de enero de 2012

Tu Historia entre Árboles

 Tu Historia entre Árboles

Era una noche de luna, quieta y templada. Los árboles apenas movían sus copas. La paz del lugar contagiaba a los animales que dormitaban serenos.
El monte tragó el ruido de la frenada y el retumbar del auto dando vueltas por la banquina. Algunos aleteos inusuales y luego, los sonidos del silencio: grillos, sapos o tal vez un crespín penando. Silencio, sólo silencio. Pero de ese silencio que se oye; cargado de voces, de susurros, de historias que reclaman no ser olvidadas. Entonces el monte escuchó y contó.
La historia de Francisco era una entre tantas. Había nacido y vivido en esas sierras cordobesas. Él amaba su lugar de origen, cada rincón de las sierras le sabían a vida, a encuentro. Tenía una comunión con la tierra como pocas personas.
Francisco era el menor de seis hermanos. Había llegado cuando sus padres estaban en pleno divorcio. Un mal momento para querer vivir, pensaba sobre sí mismo. Él pagó en carne propia los errores ajenos;  pero aunque supiera que habían sido equivocaciones de otros, no podía dejar de sentirse culpable.
Ahogaba sus dolores en el alcohol y las drogas. Si bien era un ser de corazón infinito, cuando consumía se volvía agresivo. Dejaba salir su ira con personas equivocadas; y por lo general,  terminaba demorado en un calabozo.
Aunque quería  callar sus pesares, por la piel le corría el deseo de expresarse y terminaba hablando en espacios y con personas poco indicadas.
-         Vos no sos un hijo… me dijo mi vieja,  sos un aborto frustrado.  Por eso cuando volví de Italia le pregunté: ¿todavía seguís arrepentida de no haberte hecho un aborto? No sabía qué responder…
-         Dale, Fran, no pienses en tu vieja, mirá qué divina está la noche. Vamos a pedir otra copa.
-         Mi novia siempre me decía: anda al psicólogo, en algún momento te vas a mandar un moco. ¡Pero yo no estoy loco! – dijo, empujando de un trago las palabras de esa madre.
La rubia tomó a Francisco del brazo y lo condujo hasta la barra. A pesar del bullicio de la fiesta, él seguía absorto en su nostalgia, sintiéndose un niño indefenso, responsabilizando a los otros por  padecimientos no resueltos. Y llenándose de culpa por la culpa… un camino sin fin.
Se desahogaba con una desconocida que ponía cara de preocupada, fingiendo una postura entre maternal y seductora.  Francisco miró a la rubia que hablaba con gestos exagerados, aparentando una escucha que a él le sonaba impostada.
Una arcada le llegó hasta la garganta. Y sin pensarlo, apretó con fuerza las mejillas de la mujer obligándole a abrir  la boca y le introdujo su lengua desquiciada.
-         ¡Pará Fran, así no!
-         Dejáme de joder, reventada- dijo Francisco alejándose tambaleante. 
Se detuvo arrepentido y se dio vuelta para disculparse, pero la rubia ya hablaba con otro hombre que le ofrecía un trago. La arcada le volvió cargada de bilis. Tuvo que correr para alejarse del gentío. Se recostó contra una pérgola y sacó un cigarrillo de marihuana. Dio intensas pitadas y cerró los ojos. Los ecos de su propia narración le resonaban en el alma.   
Soñó que era niño otra vez. Que su madre lo abrazaba mientras le dedicaba dulzuras al oído y le acariciaba el cabello.
-         Acá está mi príncipe salvaje – dijo la rubia.
-         Ayudáme tarada, así nos vamos de una vez.
-         Tratáme bien o  me voy a enojar de verdad.
Francisco chasqueó la lengua y le rodeó el cuello con el brazo.
Aceleró en una ruta desierta, oyendo los susurros de los árboles. Se sintió parte del monte, hijo de la tierra. Pero prefirió seguir masticando las palabras atoradas.
No escuchó el gemido de los árboles ni a los pájaros aletear cuando su auto se estrelló.
Al abrir los ojos, vio un ángel. El ángel le habló y le explicó sobre su sangre, el alcohol y las drogas. Le prometió ayudarlo. Francisco se dio vuelta en la cama diciéndose a sí mismo que estaba escuchando otra mentira. Pero en el fondo, aunque silenciado por sus dolores, latía el deseo de vivir.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita,  27 de septiembre de 2011

lunes, 23 de enero de 2012

Encuentro con la Ironía

Encuentro con la Ironía

La noticia que leyó en el diario le cortó la respiración, tantos años de duro trabajo e intensas luchas al fin daban sus frutos. Acababa de aprobarse la Ley de Violencia Familiar.
         Laura todavía era estudiante universitaria cuando comenzó a participar en los movimientos de protección a la mujer. Pero recién ahora, recibida hacía varios años de Licenciada en Psicología Social, podía comenzar a ver sus primeros logros en ámbitos legislativos. Ella y sus compañeras de sede, eran titular de los diarios de la mañana.
         Leer la noticia de palmo a palmo le despertó una honda esperanza y un renovado espíritu de lucha que borró, sin querer, las secuelas de tantas amarguras que aniquilaban su pasión por trabajar con mujeres maltratadas, víctimas de múltiples tipos de violencia.
         Apuró el último trago de café a fin de partir hacia la sede por más que fuera temprano, estaba segura de que sus compañeras se encontrarían allí, ansiosas y felices como ella. Había que compartir este preciado triunfo.
         Se le vinieron a la mente los años que llevaba lidiando con mujeres denigradas, de autoestima enjuta. Mujeres que acarreaban hijos y soledades.
Recordó el odio que le provocaba la liviandad de las leyes a la hora de reclamar derechos a los progenitores (la mayoría ausentes e irresponsables); la impunidad con la que los golpeadores entraban y salían de su casa ejerciendo a diestra y siniestra todo el  maltrato que les pasara por el antojo.
         ¿Cuántas mujeres habían llegado con los rostros desfigurados, sangrantes, vejadas...? El número era tan alarmante que habían decidido tener una médica entre las profesionales del equipo (ya que la mayoría de las mujeres se resistían a ser asistidas en hospitales públicos).
         Había momentos de crisis profesional donde la ambivalencia de sentimientos que las maltratadas generaba en el equipo técnico era motivo de debate y de lectura teórica constante, ya que más de una vez todas las que trabajaran en dicho espacio habían sentido que a sus ideas se les metía tramposo el imaginario social “...seguro que les gusta que le peguen...” esa frase era la que Laura más repudiaba, pero cuando se le coló en su cabeza, necesitó correr a hablarlo con una psicóloga más experimentada para aquietar su culpa.
Laura recordaba un caso en particular, una mujer que la había marcado a fuego, ya que había sentido cómo una persona podía encarnar la teoría tal cual figuraba en los libros.
Lorena llegó a la sede de mujeres con la cara magullada, llena de sangre seca; casi no podía expresarse con palabras, el llanto le robaba el habla. Su marido le había roto la mandíbula con una pala, le sangraba el oído izquierdo, tenía jirones de piel colgando, el pelo era una maraña de sangre oscura.
Ella la recibió y a los pocos minutos logró que se calmara; mientras esperaban a la médica le pidió que le contara los sucesos.
-         Mi marido llegó chupado, eran como las cuatro de la mañana. Yo estaba durmiendo en la pieza de mis hijos porque el más chico tenía fiebre. No lo escuché llegar, recién lo ví cuando se asomó a la pieza. Salí pa’ fuera - me dijo – ¿qué pasa que no estás en nuestra cama? Yo llego y quiero tener a mi mujer. Le pedí que bajara la voz y nos fuimos a nuestra cama. Cuando él me empieza a besuquear, el más chiquito se larga a llorar y yo salgo al tiro a atenderlo. Cuando alcanzo a asomar la cara de la pieza de los chicos, ¡zas! la pala en la cara y ahí nomás, en el pasillo, el muy cobarde, me viola frente a los chicos que lloraban y se abrazaban entre ellos.
-         Vamos a denunciarlo, Lore, no puede seguir en tu casa, es un peligro para vos y para los chicos.
-         No, doctora, a los chicos les pega poco, sólo cuando se meten a defenderme. Pero yo los tengo apalabrados: que ellos ni chiten cuando el Negro está borracho. Que se escuendan en la pieza y no abran la puerta por nada.
-         ¿Y qué hay con vos? ¿vas a esperar a que te mate? ¿querés que tus hijos queden a cargo de un borracho golpeador si te termina matando?
-         No, qué voy a querer eso, si lo único que hago es trabajar como burra para que no les falte nada.
-         Entonces tenés que hacer algo.
-         Es que la casa es del Negro, ¿dónde me voy a ir con tanto crío?
Laura le consiguió casa, trabajo mejor pago, asistencia psicológica. Sentía que ayudar a Lorena era revertir tanta injusticia.
Una noche de calor Laura estaba tomando un helado y  ve a Lorena caminando abrazada a un hombre, tenía una sonrisa que no le conocía, feliz como pocas personas. El hombre la besaba en la boca, le hablaba y le sonreía y ella destilaba dicha. Recuerda haber sentido hasta un poco de envidia de ver a esos tórtolos en plena “luna de miel”.
Laura se acercó y al verla Lorena cambió el gesto. Con cara seria la saludó.
-         Hola, doctora, le presento al Negro.
-         Hola – saludó Laura desarmada, sorprendida.
-         ¿Así que usted es la famosa doctora Laura? – dijo el Negro, pedante.
-         Ya vengo - le contestó Lorena a su Negro y se llevó a Laura del brazo.
-         Me prometió que iba a cambiar, me dijo que no podía vivir sin mí y pa’ qué decirle que yo tampoco sé vivir sin él, que cuando no chupa es un amor...
-         Está bien, Lore, no me expliques, me alegra verte bien y  que el Negro esté cambiando– le dijo, estampándole un beso en la cara y un abrazo tembloroso.
Lorena volvió varias veces a la sede, algunas quebrada, otras con un hijo también golpeado. Aún hoy sigue con el Negro, pero nadie la puede convencer de que lo deje. Eso a Laura le indigna.
Pero con esta nueva Ley, vamos a poder ayudarlas de verdad, dice Laura en voz alta, mientras se pone su abrigo para salir a la calle.
Afuera todavía estaba oscuro cuando Laura emprendió el camino que la llevara tantas veces a su trabajo.
Después de unos minutos circulando bajo el frío de la madrugada, ve a un grupo de hombres que había encendido un fuego para calentar una pava negra de tizne. Piensa en cruzarse de calle, pero se contiene (odia tener que cuidarse de piropos sexistas, odia tenerle miedo a los hombres sólo porque son más fuertes físicamente).
Pasa entre el grupo haciendo caso omiso a los comentarios, pero uno de ellos le impide el paso. Intenta esquivarlo, ya tiene a uno a su derecha y  otro a la izquierda. Un hombre corpulento está parado a sus espaldas. Le tapa la boca, la arrastran unas cuadras hasta una calle sin salida, de terrenos baldíos.
La golpean entre todos, la violan sin prisa. Ella ya no oye. Siente que alguno orina o eyacula. No distingue fluidos.
Cuando vuelve en sí abre apenas los ojos, la vista nublada, de sangre tal vez. Siente el frío metiéndosele entre sus ropas desgarradas. Mira a un costado y allí, tirado en el suelo, está el periódico. Reconoce las letras del titular que esta madrugada anunciaba el triunfo de las mujeres. 

        
 Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 13 de enero de 2012



lunes, 16 de enero de 2012

Sin Retrato

Sin Retrato

El sol se recostaba tímidamente sobre las cajas abiertas. En el suelo, foto viejas y hojas amarillas. Olor a humedad era el condimento que llenaba el alma de sinsabores.
         Silvia tomó la fotografía abandonada en el escritorio. Los recuerdos se deshicieron en sus pupilas y marcharon autómatas por su mente.
         Manuel, su hermano, tocaba en la banda del barrio. Había descubierto que soplar una trompeta traía como rédito mujeres bien dispuestas. Era atractivo, tenía ojos de hechicero, y una energía tan expansiva que volvía feliz a quien se le acercara.  Tal vez por eso la gente buscara tenerlo cerca, pensó Silvia.
         Manuel tenía el don de cautivar con su sonrisa y personalidad. Nunca se casó, pero tuvo dos hijos con los que mantuvo una fluida relación. Los llevaba de vacaciones cada año y se divertía con ellos como si fuera otro niño. Los hermanos se querían, a  pesar de tener madres diferentes, se sentían cómplices en la aventura de compartir un padre singular.
Despertó más de un rencor: en aquellas mujeres que quisieron poseerlo, en hombres que deseaban sus conquistas, incluso en Silvia, que veía lo generosa que había sido la naturaleza con su hermano y lo mezquina que se había portado con ella. Como si lo que se le diera a uno, a otro se le negara.
         Silvia era una reconocida pintora. Tímida, pequeña e insulsa. Meticulosa para trabajar, ordenada en su vida y responsable en sus obligaciones. Tan llena de mandatos que cumplir, que nunca saboreó el placer de la rebeldía.
Era una sombra en las fotografías del pasado, pensó mientras se buscaba sin éxito entre las imágenes esparcidas por el cuarto; como si su existencia no mereciera ser fotografiada.
Silvia volvió a mirar la imagen en sus manos. La banda había tocado en una fiesta del club. Recordaba esa noche; Manuel soplaba la trompeta y sonreía al mismo tiempo, disparando miradas fugaces a “doncellas de ocasión”.
Ella había amado a su único hermano. Aunque hubiera deseado tener un poco de su magia y que la miraran con la misma admiración que sentían por él.
Manuel, hoy cumplirías sesenta años, le dijo Silvia a la fotografía. Moriste en tu ley: audaz y hermoso. Haciendo únicamente lo que tus placeres reclamaran.
 Silvia recordó cuando esparcieron sus cenizas. Las viudas competían por quien hacía más el ridículo. Recordó a sus sobrinos riéndose en voz baja.
Revivió la conversación con su sobrina Luz, que ridícula Mónica, se puso botas con taco aguja y un Jean tres talles más chicos…. ¡casi se cae! ¿te imaginas si resbalaba con la urna en las manos? a la tarada no se lo podíamos sacar. Se ve que lo quería tener preso por una vez en la vida. Risas.
¿Cómo podía recordar risas de ese momento? se dijo con algo de culpa. Peor todavía, recordaba que se había tentado de  risa y que no lo podía disimular. Su sobrina al verla así, le iba haciendo acotaciones al oído, lo que sólo empeoraba su estado, totalmente desubicado para la ocasión. O tal vez no, porque el muerto había sido la antítesis de las normas sociales.
Una suerte que no estés para cumplir sesenta años hermano. No te imagino festejando el cambio de década. ¿Qué te hubieran regalado tus hijos? Seguro que alguna broma pesada. Rememoró el cumpleaños cincuenta y cinco de Manuel: su hija le dijo que le regalarían “algo para el insomnio”. Cuando Manuel desenvolvió el paquete, encontró un “kit para masturbación”, y una dedicatoria que decía: “para que te canses y te duermas”. Manuel, dejando salir una de sus tan contagiosas risotadas le había dicho: ¡sos la peor hija del mundo!
Ella no entendía esos códigos, pero los disfrutaba. Le hacía feliz sentir como suya esas pequeñas venganzas de sus sobrinos. Veía a su madre escandalizarse en silencio, quien jamás decía nada de sus nietos, porque eran una versión empeorada de su propio hijo.
Agotada, Silvia sintió que salía de un túnel de recuerdos. Volvió a mirar el cuarto donde se encontraba. Cada objeto era un pasadizo a su historia: a un Buenos Aires del setenta, a un Tucumán del noventa, a una Patagonia del cincuenta. El pasado se volvía sobre ella sin compasión.
Tal vez las fotos de su vida se encontraran en alguna caja extraviada, pensó evocando el recuerdo de su madre. Pero ya no sintió rencor hacia ella, ni a la marcada preferencia a su hermano. Era increíble el poder sanador que traía consigo la muerte.
Es tiempo de tomar las propias fotos de mi vida. Elegir nuevos escenarios, nuevos rostros…. dijo sacudiéndose del alma la nostalgia y arrojando al montón de cosas viejas el retrato que llevaba en sus manos.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita. 6 de septiembre de 2011