viernes, 10 de febrero de 2012

Entre Sombras, un Recuerdo

Entre Sombras, un Recuerdo
Entendí lo que era la injusticia a los siete años. Pero los atropellos son más injustos cuando los realizan tus propios padres. Creo que en esa época tuve mis primeros sentimientos de odio.
Estaba jugando con Pedro, sentados los dos en la sala de mí casa. Pablo había salido hasta el patio a buscar piedras y paja, queríamos armar un fuerte que luego los indios atacarían.
Pedro pedía usar mi capitán de acero y aunque fuera uno de mis mejores amigos, no se lo podía prestar. Luchamos por el muñeco, casi en silencio, solo cuando Pedro me mordió el brazo se me escapó un grito. Ahí entró mi viejo, que estaba en su escritorio haciendo cálculos. Sin pedirle a Pedro que me soltara, sin aviso previo, me levantó de un brazo y aplicó su enorme bota “cuarentaycinco” a mi pequeño trasero. 
La sorpresa, el odio y el dolor de esa injusta patada se me borraron al ver la cara de arrepentimiento de mi amigo, quien comenzó a morderse el puño para tragarse las lágrimas en silencio, seguramente para no ligar él también.
Pablo nos vió salir de la casa a los dos, llorando. Venía con los brazos cargados de paja para el fuerte y piedras para el ataque, así que, olvidando el golpe de mi padre, les dije que lo armáramos cerca de la acequia. También le prometí a Pedro que le prestaría el capitán de acero, pero sólo para que dejara de temblar del miedo.
 Pedro y Pablo eran los mejores amigos que uno podía tener. A la noche se escondían debajo de mi cama hasta que mi madre pasara a darme el “beso de las buenas noches”. Luego salían y nos poníamos a leer algún libro de aventura. El único problema era la insoportable de mi hermanita, que no quería escuchar las historias y había que contarlas en voz bien baja, casi para adentro.
Algunas veces mi hermana quería jugar con nosotros y enseguida yo volvía a sentir el rigor de la injusticia.
-       ¡Papaaaa... Renzo no me quiere prestar el barco pirataaaaa! – gritaba ella. Yo siempre la miraba sorprendido, ¿cómo podían salirle sonidos de esa boca que apenas se cerraba y que mostraba la campanita de la garganta moverse, húmeda y rosada?
-       Papá – decía yo con voz firme marcando la diferencia entre una chillona y un hombre – hoy le toca a Pedro capitanear el barco, que ella espere, aparte... ¡las mujeres no capitanean barcos!
-       Renzo, dejáte de pavadas – decía mi papá, apoyando a Luchi, y sin escuchar argumentos nos quitaba el barco o lo que fuera. Siempre me retaba cuando nombraba a Pedro o a Pablo.
Mi mamá solía hacer de intermediaria, le suplicaba que tuviera paciencia con mis amigos. Yo no entendía por qué no la tenía. ¿Qué podía preocuparle de que yo prefiriera jugar con ellos y no con la insoportable de Luchi?
Pero aprendí a simular. Si mi papá entraba a la sala donde jugábamos mis amigos y yo, enseguida me hacía el que estaba leyendo o escuchando radio. Si él me preguntaba qué estaba haciendo, me hacía el sordo o sólo respondía: ¡nada! Pedro y Pablo también aprendieron a hacerse invisibles cuando entraba “el ogro” (así le decíamos a mi papá en secreto)  se quedaban quietos, sin respirar ni mover la bolita de los ojos; y así, mi papá ni los miraba.
Me acuerdo la primera vez que los invité a comer. Acababa de morirse mi abuelo más querido.
El abuelo Tato era lo mejor que yo tenía en la vida. Me llevaba a pescar a una represa a pocos kilómetros de la casa, a veces nos íbamos en un tractor enorme que me dejaba manejar, ¡incluso poner los cambios!
Él siempre me trataba como a un hombre, me hacía sentir fuerte, útil, lo que fuera que yo hiciera él aseguraba que era lo mejor. Algunas veces me daba cuenta de que exageraba, pero él decía “a tu edad, yo ni sabía atarme los cordones” y obviamente, yo le creía.
Tato era el papá de mi papá. Yo le preguntaba cómo había sido él cuando tenía mi edad y  sólo decía que los padres, por trabajar y estar preocupados, se perdían la infancia de sus hijos, pero que ahora le gustaba ser abuelo porque se sentía niño nuevamente.
Claro que Tato se volvía otro niño jugando conmigo, si hasta se tiraba cuerpo a tierra para que “el malón no nos viera” agarraba palos y piedras y salía aullando, para espantar a los indios. Yo lo seguía gritando como loco también y buscando a los indios que debían de estar escondidos. Porque creía realmente que el malón nos atacaba. Mi abuelo hacía reales todos los juegos. Cuando él me veía ya muy alterado, se derrumbaba en el suelo de la risa y me acostaba encima suyo, yo escuchaba su corazón dándole golpes en el pecho y apoyado en ese tamborín de ilusión y felicidad me quedaba respirando agitado.
Al pobre abuelo lo encontré muerto yo, una mañana que la escarcha había congelado hasta el agua de los perros. Entré corriendo a su cuarto y sin mirar su cama, abrí fuerte las cortinas, para mostrarle cómo estaba todo helado.
Cuando lo ví, blanco, verdoso, como dormido, ¡pero distinto! llamé a los alaridos a mi mamá y a mi papá. No podía dejar de mirarlo y cuando me sacaron de su habitación grité y patalée como uno de esos lechoncitos que a veces veía carnear. Hasta le mordí los brazos a la criada que me llevaba.
Cuando me soltaron, corrí de nuevo al cuarto de Tato y lloré alaridos desde el otro lado de la puerta. Yo quería saludar a mi abuelo, darle un beso, contarle que a la noche había visto esconderse el malón del otro lado de la loma, pedirle que me cuidara siempre de los indios. Pero no me dejaron, no me dejaron siquiera estar en el entierro. Volvieron al otro día, con sus ropas negras y diciendo estupideces como que “el abuelo se había ido de viaje” ¡qué iba a irse el abuelo! Habíamos dejado tanto por hacer juntos: terminar la choza; una pista para la bici, y esa noche antes morir, cuando cerró el libro me dijo que en el siguiente capítulo se sabría quién había robado el castillo y que esa era su parte preferida del cuento.
¡El abuelo estaba muerto! y yo sabía muy bien lo que era eso. El mismo Tato me lo había contado todo, sin mentiras, sin medias frases. Me había dicho que todos nos moriríamos algún día, pero que la muerte del cuerpo no nos alejaba de los seres queridos. Que yo, cuando él se muriera, podía seguir hablándole porque él me estaría escuchando. Por eso quería decirle muchas cosas antes de que se llevaran su cuerpo, porque aquello de que me estaría escuchando lo creía a medias, pero si yo veía su oreja de cerca, larga y peluda, seguro que las palabras le llegarían de verdad.
Cuando mis padres volvieron del entierro, trajeron a Pedro y a Pablo. Enseguida nos hicimos inseparables, como carne y uña. A ellos sí les conté de mi abuelo, de la muerte y de las mentiras que los mayores nos dicen.
Les pedí a mis padres permiso para que mis nuevos amigos comieran con nosotros y no tuvieron ninguna objeción. Les puse dos platos a mi lado; siempre se sentaron en el mismo lugar. Sólo cuando venían visitas, mis padres me obligaban a sacarles los platos. ¿Estaban locos mis padres? Yo armaba tales berrinches que terminaba comiendo en mi cuarto, con mis dos mejores amigos.
Todo terminó cuando decidieron vender la estancia y mudarnos a Buenos Aires, “hemos comprado un departamento frente a la manzana donde está el Congreso”, me contaron para entusiasmarme. Pero yo ya odiaba esa ciudad que no conocía.
Cuando partimos en el auto, Pedro y Pablo se sentaron a mi lado. Todo iba bien, hasta que le dio sueño a Luchi y quiso acostarse arriba de mis amigos. Obvio, yo los defendí, ¿cómo iban a viajar mil kilómetros con esa plomo encima?
Empujé a Luchi, para que se bajara al piso a dormir y mi papá se dió vuelta, mientras manejaba, para amenazarme. Mi mamá también me retaba:
-       ¡Dejá a tu hermana acostada en el asiento! hay lugar de sobra.
-       Pero mamá, está sentado Pablo, estamos jugando.
-       Basta Renzo, que se corra Pablo.
-       No, no puede correrse, tiene a Pedro pegado.
-       ¡Se acabó! – bramó mi viejo, como un toro enceguecido. Los ojos se le volvían rojos cuando se enojaba.
Hizo una maniobra brusca hacia el costado de la ruta, bajó de su Fairline azul, abrió la puerta de mi lado y me dijo:
-       Acá se quedan Pedro y Pablo.
Yo lo miraba con la boca bien abierta, no articulaba palabras.
-       Acá se quedan... ¡Bajálos!
-       Mamá... – lloriquée un poco
-       Nada de mamá, ¡se bajan del auto! – mi mamá muda, la vista hacia  delante.
-       Yo me quedo con ellos – dije mirando la ruta de soslayo: una lengua oscura que se perdía en el horizonte. Pude sentir en mi pequeño cuerpo el quejido del viento, la sed de los arbustos y la soledad que invitaba a un naufragio.
Mi papá se subió al auto y aceleró salpicando piedras que me azotaron las piernas. Comencé a correr detrás del auto, gritando, llorando. Ardía de terror. Arañaba el desierto mi espalda.
Paró sobre la ruta y se bajó a abrirme la puerta. Yo me dí vuelta y ví a mis amigos parados al costado del camino.
-       Subí - me dijo mi viejo.
No pude volver a mirarlos. Me sentí un cobarde.
Años después, cuando mi viejo ya hacía muchos también que había muerto, mi mamá evocaba ese episodio y se reía a carcajadas. Le divertía recordar a mi padre y su poca paciencia. Pero aseguraba que esa pedagogía había sido más efectiva que las que tienen hoy los psicólogos, porque desde ese día yo dejé de soñar despierto y me volví una persona realista.
Y puede ser cierto, me convertí en un hombre pragmático, abandoné el mundo de las fantasías. Me quedé con sueños sin soñar, con palabras mudas y escenarios vacios. Aunque, real o no, la imagen de mis amigos engullidos por el duro asfalto transita sonámbula entre los rincones de mi mente.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 02 de febrero de 2012

sábado, 4 de febrero de 2012

En una Sillita Alta

En una Sillita Alta
              Me gusta ver a una persona caminar feliz. La alegría se percibe, se palpa; no sé por qué, pero cuando alguien está contento camina con una sonrisa en el alma y quien lo observa, se contagia un poco de esa felicidad.
              Así me pasó con Salvador. Lo conocí en las calles universitarias. Era alto y atractivo. Pero lo más hermoso que tenía era su sonrisa. Cuando nos conocimos, él estudiaba geología.
              Salvador era el más querido y popular de mis amigos. Vivía en una casita blanca de ventanas azules, a pocas cuadras del centro de Río Cuarto. Todos pasábamos por ahí a tomar un mate y terminábamos tomando un vino y comiendo un asado. En menos de quince minutos se había formado una reunión multitudinaria. Con  guitarra y bombo incluido o alguna voz desafinada.
              A nosotras (mis amigas y yo) nos encantaba ir, ya sea para ver a Salva o a los amigos que llegaban a visitarlo. Una siempre regresaba al departamento “enamorada” de algún estudiante hippie. Si hasta una vez había un “gallego” que nos cautivó a todas con su tonada cargada de zetas.
              Salva se recibió con honores y enseguida consiguió una beca para continuar sus doctorados en la misma Universidad Nacional de Río Cuarto. El día que le confirmaron la beca, se hizo hombre.
              Venía caminando con su sonrisa bajo el brazo y sus títulos en la cara. No veía nada más que un futuro brillante. Así entró al comedor universitario. Sabía que allí habría algún conocido a quien contar sus logros. Pidió un café y con el vaso de plástico en la mano se dirigió a las largas mesas llenas de alumnos, algunos estudiando en grupos o comiendo un sándwich, otros fumando y charlando. 
              Recorrió  con la mirada los rostros de los estudiantes. Pasó por alto una chica que se tapaba la cara con las manos. El cabello le resultó familiar así que volvió su atención para deducir de quién se trataba. Era ella.
              Con un nudo en el estómago se dirigió hacia donde estaba sentada. Lloraba. En ese instante, tuvo miedo de la vida. Pero ignorando sus temores, la llamó por su nombre.
-       ¿Paloma? –  dijo, percibiendo el temblor en su voz.
-       Salva – respondió la muchacha, levantando apenas la mirada.
-       ¿Me puedo sentar?
-       No te conviene.
Salva se sentó y sorbió un poco de su café.
-       ¿Querés tomar algo?
-       No me entra nada en el estómago.
-       ¿Por qué llorás?
-       No puedo contarte.
-       Vamos, Pilo, vos podés contarme lo que sea.
-       Siempre el mismo, haciendo honor a tu nombre. Pero nadie puede salvarme, te aseguro.
-       Che, no debe ser para tanto, contáme. Mirá que no pienso irme sin saber qué te pasa. Y ya conocés que puedo ser muy insistente.
-       Te cuento, pero sólo porque sé que no vas a parar y porque aparte, ya está, no hay remedio.
¿Te acordás de Ramiro? – Salvador asintió con un gesto desganado (¿cómo no recordarlo? era el hombre que le había robado el corazón de su amada)-. Bueno, resulta que me dejó. Se fue a vivir a España con el Juanma, a probar suerte.
Lo llamé esta mañana, antes de venir a la facu y volvió a decirme que no quería saber nada conmigo. Lloré, le supliqué. ¡Te juro que me iría si me lo pidiera! pero no quiere... es más: me lo prohibió cuando se lo mencioné.
-       Es un pelotudo.
-       Pará, que falta. Cuando se fue yo ya tenía un atraso. Me dijo que si estaba embarazada me hiciera un aborto. Me dejó plata para eso. Pero te juro que no pude. No quería decirle, porque esperaba que me pidiera que fuera porque me extrañaba.
Esta mañana le dije que nunca me hice el maldito aborto, que tenía su hijo adentro mío. Me gritó, me insultó. Me dijo que era mí responsabilidad, que uno elige cuándo tener un hijo y que él me había dejado en claro que no lo quería. Me dijo que me jodiera, que no lo volviera a llamar más.
Hoy vienen mis viejos y voy a tener que decirles. Yo sé que mi papá me va a dejar de pasar plata, sé que no voy a poder terminar de estudiar. Te juro que no lo pensé cuando me negué a ir a ese puto médico.
-       Hiciste bien Pilotita, un hijo es una bendición. Aunque ahora todo parezca complicado. La vida tiene mil vueltas y las cosas se van a solucionar. Si vos le hacías caso a Ramiro, por ahí el día de mañana podrías tener toda la plata o el éxito profesional, pero el cargo de conciencia no te lo sacaba nadie.
-       ¿Vos decís? No lo veo tan así. Te aseguro que no pensé en todo eso. Sólo pensé en que Ramiro no se iba a atrever a dejarme si yo estaba embarazada.
-       Yo sé que vos pensaste en el hijo que late en tu vientre. Y eso te convierte en mi heroína.
-       Ninguna heroína, Salva, quiero tirarme del puente.
-       Que ridícula. Yo te acompaño a hablar con tus viejos. Si te echan, te venís a casa, hay una habitación libre. Viste que El Chavo consiguió un puesto en el SENASA de La Rioja.
-       Ah, no sabía, qué bien El Chavo, nunca imaginé que se recibiría, era bastante burro.
-       No era burro, era un poco tarta, pero es un bocho y un buen tipo.
-       Para vos, todos son buenos.
-       Y sí, todos tenemos algo bueno, ¿no?
-       Qué se yo. A mí no me importa mucho la gente.
              Salva acompañó a Paloma a hablar con sus padres. La ayudó a llevar sus cosas al cuarto del Chavo. Se fue a su pueblo de origen, donde aún vivían sus padres y buscó en los cuartos de depósito una silla alta de madera. Era la sillita que él y sus hermanos habían usado para comer sus primeros alimentos.
              Pasó semanas lijando y pintando la silla. La ubicó en la cocina y comenzó a soñar con el bebé que vería sentado.
              Obligaba a Paloma a salir al patio, le cebaba mates al sol. Le hacía levantar los pies en una banqueta “para que no retuviera líquido”. Se recostaba sobre su vientre y sentía los movimientos del “poroto”. Ella se dejaba hacer.
              Si tengo que ser honesta, todas odiábamos a Paloma. Ella nos había robado a nuestro galán, que andaba hecho un tonto atendiéndola y ni siquiera se dignaba a amarlo como cualquiera de nosotras lo hubiera hecho.            Porque aunque ya no se nombrara en voz alta, todos sabíamos que en sus pensamientos sólo había espacio para Ramiro. Pero también nos enternecía Salva, verlo tan enamorado de ella y soñando con un hijo que no le pertenecía.
              Una mañana Salvador pidió permiso para entrar al cuarto de Paloma y la encontró llorando, sentada en su cama. Él la abrazó por la espalda, la acunó hasta calmarla. Ella se secó las lágrimas y lo besó en la boca. Un beso salado, húmedo, cargado de dolores. Él se entregó con pasión, ella parecía encenderle la vida.
              Salva compró una cama de dos plazas, sábanas de algodón, acolchado de plumas. El cuarto del Chavo pasó a ser sólo de la beba.
              Decoró con amor la pieza de la niña. Nosotras nos desvivimos por decirle de qué color pintar el cuarto ...que sólo una pared sea de color fucsia y el resto blanca. Que compre cortinas fucsias y acolchadito del mismo color. Que compre una cómoda blanca y  pinte los cajones de fucsia...” Él nos hacía caso en todas las recomendaciones. La pieza terminó pareciéndose al de una princesa.
              Cuando nació Lucía él se volvió loco de amor. La bañaba, la cambiaba, le preparaba las mamaderas, así como también era el que se levantaba de madrugada y la llevaba al comedor a bailar (decía que así se relajaba); le ponía folclore y le prestaba su guitarra.
              Lucía era hermosa. Aunque no lo crean, se parecía a Salva. Tenía su mirada, su sonrisa, su nobleza. Era la mascota de la casa. Todos íbamos a visitarla y a llevarle caramelos, juguetes, pinturitas para la cara. Ella se tiraba a los brazos del que entrara primero. Bailaba, cantaba, nos hacía reír a carcajadas.
              Durante esos años, Paloma siempre miraba de lejos. No recuerdo haberla visto sonreír ni participar. Pero todos queríamos quererla, por Salva.
              Lucía ya estaba en sala de cuatro. Salvador llevaba y traía a su hija al jardín de infantes de la universidad. Siempre se lo veía orgulloso, con la niña sobre los hombros. Dando saltos y cantándole algo de moda, para que después ella lo acompañara con su vocecita en las reuniones.
              Un día Salva llegó a su casa y vio a Paloma con los bolsos armados. Ella le dijo que Ramiro había regresado y que la quería de vuelta, que había conocido a Lucía hacía unas semanas y se había encariñado. Que lo sentía mucho pero que no las molestara. Salvador intentó hablar, entender, pero ella ya se había ido, sin decir más palabras.
              Después de unas semanas golpeando puertas de cada conocido, llamando a los padres de ella, yendo al jardín de infantes, pero sin lograr dar ni con la madre, ni con su hija;  Salvador estaba en un kiosco y ve a Lucía en la calle. Se asoma por la puerta, con miedo de que fuera una ilusión. La niña corre hacía él.
-       ¡Papá, papá, papá!
-       Mi solcito, mi amor, mi vida. – le dice él, abrazándola, de rodillas en la vereda.
-       Te dije que no era tu papá, ¿te expliqué o no que Ramiro era tu verdadero padre? – le dijo Paloma zarandeándola del brazo.
-       Pará Pilo, es muy chiquita, no entiende.
-       No me digas más Pilo, soy Paloma y no es chica. Alejáte Salvador, si ella te sigue viendo no vamos a lograr nunca ser una familia.
Paloma se alejó con la niña a la rastra gritando “¡papá, papá, papá!”.
             
              En una cocina sin olor a comida, estaba sentado Salvador. El vaso lleno de ginebra. Frente a él, una sillita alta, vacía.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 23 de enero de 2012