lunes, 31 de octubre de 2011

Sofía

El Amor de Sofía

Faltaban escasos treinta minutos para el estreno. Ya lo que no se hizo hasta ahora, no se hace más, estoy jugada, pensó mientras se maquillaba frente al espejo. Sofía había corrido toda la semana, cosiendo parte del vestuario, peleando con el iluminador; discutiendo a gritos con el sonidista, insultando a los actores que no se movían como ella les indicaba.
-         Sos una mal cogida - le  gritaban a sus espaldas.
¡Y claro que lo era!
Sofía vivía prácticamente sola, su hijo de 12 años sólo pernoctaba contadas veces en su casa, el resto de la semana dormía en lo de su abuela, la mamá de Sofía. Así que ella convivía la mayor parte del tiempo con sus angustias y con sus disconformidades (que eran incontables).
Para sentirse viva buscaba la adrenalina de llevar todo a extremos. La vorágine de las cosas pendientes, de esperar a último momentos para definir detalles;  correr,  gritar… toda la “locura” que en esos momentos se desataba hacía que la vida se le reinventara.
 La mañana del estreno gritó tanto que empezó a  oír los golpes de su corazón en el pecho.
-         Ah… ¡estabas vivo! – le dijo con el cinismo de quien nada tiene para perder. Se sentía condenada a la insatisfacción, casi por elección propia.
Mientras se daba los últimos retoques frente al espejo, volvía a sentir los latidos de su corazón, pero esta vez por evocar a su amor.
-         Nadie se va a enterar jamás– se decía a sí misma -. ¿Cómo puede ser que me pase esto?  Enamorarme sin medir las consecuencias… este amor es un castigo, ¡es un imposible! – y un sabor a fruta amarga le corrió por las venas y le endureció más las facciones de amante frustrada.
Esta negación no era sólo por ella, era por  toda su familia (una de las más conocidas y prestigiosas de la ciudad). Demasiado había transgredido las reglas teniendo un hijo de soltera, que por suerte todos adoraban. Pero con ésto la terminarían de enterrar, la desampararían y ella no estaba en condiciones de que su familia no le prestara ayudas de todo tipo… imposible, se dijo en silencio.
Sofía tenía un cuerpo lleno de curvas eróticas.  Era bella y provocativa,  de esa hermosura que hace imposible que los hombres no la miren y las mujeres no la odien. Era increíblemente talentosa en lo que hacía. Aunque todos la aborrecieran durante el proceso de creación, cuando el telón bajaba, la felicitaban hasta quienes habían sido víctimas de su temperamento. 
Salió de su casa a las corridas, despidiendo aroma a flores frescas, sintiéndose importante y pensando en su amor:  ¿estaría en el teatro?, ¿notaría su perfume nuevo, su vestido transparente? Esta vez el cosquilleo se le enredó en el alma y tuvo que apretar las piernas para liberar la electricidad que le entibió el cuerpo entero.
-         ¡Voy a volverme loca! ¿Cuántos años llevo enamorada? Tengo que buscarme un hombre decente, que trabaje, que me cuide… -  la ocurrencia le desmadejó el espíritu – ¡antes, muerta!
Y la idea de la muerte le acarició las tentaciones. En noches de angustia y llanto, la dama blanca la había seducido con sus velos de paz y alivio.
Pero no tenía coraje para quitarse la vida. No tenía coraje siquiera para vivirla, menos para arrebatársela.
Llegó al teatro corriendo. Ni bien ingresó, la apabullaron con problemas y requerimientos:
-         No funcionan las luces del fuego…
-         Se descompuso la primavera, dice que no quiere salir del baño.
-         Estamos acabadas, es la actriz principal – lloraban histéricas las margaritas.
-         El sonidista dice que hasta que no le pidas disculpas, no piensa mover un dedo.
Sofía respiró hondamente, disfrutando de ese momento. Sabía, sentía, que al final, misteriosamente, todo resultaba mejor de lo esperado. Era la magia del teatro.
-         Hola Sofi… - le dijo una voz ronca, sensual.
Sintió que el mundo se deshacía bajo sus pies. Las partes de su cuerpo eran un dominó que caían lentamente,  mientras la voz ronca le empujaba los sentidos.
Aún paralizada, la voz le susurró:
-         Exquisito perfume – y la nuca se llenó de notas musicales que le entonaron el alma – este vestido es una canto a la vida, dejáme mirarlo de frente.
Sofía giró lentamente, emocionada hasta el último escondite de su ser.
-         Hola, Clara– le dijo con voz suave, alzando los brazos para lucir su vestido – el perfume es de Hermes…
Y acercándole su cuello a la boca de Clara, sintió que se había convertido en un mar de sensaciones, percibía el calor de su amor, el aliento trepando hasta sus  oídos.  Y juró que por ese instante, sólo por ese instante, valía la pena haber vivido.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 27 de octubre de 2011


lunes, 24 de octubre de 2011

Sombra

Sombra de Azúcar Quemada

En una tarde de fines de enero, varias vecinas se habían reunido a bordar ropa para una virgencita,  que ocuparía un lugar de privilegio en la parroquia del barrio.
La procesión saldría de la casa de una de las familias más acaudaladas de Banfield llevando a la Virgencita adornada con flores naturales,  que varias mujeres ya habían cultivado. La comunidad se mostraba alborotada con semejante evento.
La esposa del principal comerciante del barrio, Costas, estaba entre las vecinas, aunque su presencia fuese sólo una sombra oculta. La mujer era sumisa, de piel transparente y angulosas facciones. Sólo se limitaba a bordar y mirar de soslayo a las mujeres que hablaban de las últimas “comidillas” de los vecinos.
Costas tenía su comercio frente a la plaza donde pasaría la procesión. Hijo de sirios pero católico por crianza, estimulaba a su mujer a participar de los eventos religiosos. Era un modo de darle buen nombre a su almacén de ramos generales.
Pero esta procesión lo tenía alterado. Había invitado a Dora a mirar desde su terraza los acontecimientos del 2 de febrero. Esta invitación tenía una intención oculta, ya que Costas estaba enamorado de la joven.
El comerciante había querido “comprar” a Dora, pero los patrones de la jovencita le informaron que trabajaba por un salario, ya que era una mulata liberta. Así que el hombre se limitaba a hacerle presentes y comprarle pastelitos.
Dora coqueteaba con el comerciante. Disfrutaba ver cómo languidecían sus ojos cuando ella le ofrecía en la boca un pastel cargado de almíbar. Si el hombre rechazaba la oferta, ella se lo metía en su boca, juguetona, se pasaba la lengua por los carnosos labios y le sonreía con sus dientes blanquísimos, mientras Costas la miraba hechizado. Luego volvía a casa divertida y le contaba sus travesuras a la cocinera, quien la retaba por “insinuarse  a un hombre casado”.
Costas era muy religioso y sentía como “cosa de mandinga” dejarse tentar por esos labios rojos, pero ya le había hecho tantas veces el amor en sueños, que hacerlo en la realidad no le parecía tan malo. “Si ya de tanto imaginarlo creo que conozco el gusto de su piel”; se decía, mientras planeaba el encuentro.
Había acomodado un cuartito que se ubicaba en el piso superior del almacén y elegido con cuidado las sábanas de algodón, el perfume de las almohadas, las flores en el jarrón. Se sentaba en una silla a soñar despierto las caricias que le dedicaría.
La noche anterior a la procesión su mujer, mientras leía en la sala, le dijo al pasar:
-          Me comentó la Señora Lemir  que su criada vería la procesión desde la terraza de nuestro almacén.
-          Sí, yo invité a Dora con nosotros.
-          ¿Quién es Dora?
-          La mulata que trabaja para los Lemir.
-          ¿Y por qué vendría una desconocida, encima mulata, a nuestra casa?
-          Mujer, ¿desde cuándo tiene permiso para cuestionar mis decisiones?
-          Disculpe, señor – dijo la esposa levantándose de la silla y retirándose a su dormitorio.
Desde que habían perdido las esperanzas de tener hijos, Costas y su mujer dormían en habitaciones separadas. Lo cual, para ella, había resultado un alivio de cuerpo y alma.
La tarde de la procesión, Costas obligó a su esposa a permanecer en la cama, “la noto enferma” –le había dicho- y se retiró al almacén, disimulando su júbilo.
Dora llegó con una bandeja cargada de buñuelos que despedían olor a azúcar quemada. Costas se dejó abrazar por el aroma, imaginando que así sería la piel de la joven.
-          ¿La Señora? – preguntó mirando con picardía a ambos lados del cuarto.
Costas la besó lentamente, con pasión contenida; quería hacerlo perfecto. La levantó en brazos y la llevó hasta la cama.
Un grito de terror rompió el encanto. Dora palidecía, sus ojos desorbitados. Costas giró la cabeza hacía la presencia que se les acercaba. Miró al único ojo sano de su verdugo.
El tuerto descargó una maza pesada en la cabeza de Costas y el último grito de Dora se confundió con el eco de los cantos religiosos que resonaban en la calle.
Los Lemir no velaron a Dora. Prefirieron enterrarla en la fosa común. Costas fue velado como mandan las buenas costumbres. 
Mientras la viuda lloraba calladamente, las mujeres murmuraban. 
-          Dicen que los mataron mientras pecaban.
-          Alguien entró a robar, creyendo que el almacén se encontraba vacío…
-          Igual es muy extraño… pero lo más preocupante es la viuda; con esto, creo que el próximo velorio es el de ella.
-          Pobrecita, dicen que vio al muerto desnudo como estaba, con esa mulata descarada.
-          Pobre niña, no era mala… aunque con esa cara de pícara era de esperar que terminara en una cama equivocada.
-          Los Lemir no vinieron a dar el pésame.
-          Pero claro, imagináte semejante desfachatez…
Era entrada la noche, cuando un golpe seco retumbó en la sala. La viuda se levantó de su sillón, sin asombro, sin pausa. Abrió la puerta de la cocina y estiró una bolsa de terciopelo negro.
-          Aquí está lo que faltaba;  mitad en el encargo y mitad al terminar el trabajo.
-          Gracias, Señora - dijo el tuerto inclinando levemente la cabeza.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 11 de octubre de 2011

El Amante

El Amante


Los teléfonos de la oficina no paraban de sonar. El ruido de las voces humanas se mezclaba con el de las impresoras a chorro de tinta, de los ventiladores, de los timbres. En el aserradero era el horario pico, pero Hernán no estaba concentrado como siempre.
Si fuera un día normal, Hernán estaría atendiendo el teléfono, respondiendo los correos, tipeando en la computadora.
No le gustaba sentirse así,  “no es la primera pelea que tenemos con Leo”, se decía,  intentando olvidar los diálogos con su esposa. “Debería estar pensando en el envío pendiente que tenemos de gayubira. No sé por qué la gente se empecinó con tirantes y machimbres de guayubira, por más que uno le diga que el quebracho es más resistente, que los tirantes quedan mejor… ¡¡no entienden!! Algo se pone de moda y todo el mundo quiere lo mismo. Y por la maldita moda se retrasan los envíos…”
Pero ni siquiera los problemas que antes lo hubieran mantenido concentrado en su trabajo,  podían contenerlo. Decidió irse. Una ansiedad inusual lo llevó a tomar la decisión impulsivamente. Un mal presentimiento le atravesó el alma.
-          Gri, me voy –dijo a su secretaria – cancelá si tengo alguna cita. Avisá a la oficina del Chaco que me cansé de esperar, que ya los voy a llamar en otros términos… Ah, no me pases llamadas al celular.
Hernán iba aumentando su ansiedad a medida que la cara de su secretaria se iba desfigurando.
-          ¿Entendiste, Griselda? ¿o te lo dejo escrito en una hoja?
-          Sí, sí, entendí. Disculpáme, Hernán, ¡es que no puedo creer que te vayas!
-          Ok, chau.
La secretaria tenía un trato informal con su jefe, tal vez por la poca diferencia de edad que había entre ellos, pero a Hernán ese trato le molestaba, aunque no sabía cómo ponerla en su lugar, “¿qué decirle? ¿tratáme de usted? Se tendría que dar cuenta sola, debo ser yo el pelotudo que no pone límites desde el vamos” se decía, mientras arrancaba su auto y aceleraba más de lo permitido.
Camino a su casa se entregó de lleno a pensar en aquello que lo había sacado de su eje. Su último tratamiento de fertilidad les había dado negativo y en la consulta, el especialista les había sugerido que si querían lograr un embarazo, deberían intentarlo con un donante de esperma. “Encima el imbécil se largó a decir barbaridades de mis pobres bichos: que son pocos,  vagos, deformes… ¿no se miró la cara de engendro el médico de mierda? Y para  colmo, se le ocurre largar la maldita idea  frente a Leonora, que no se lo saca de la cabeza y me pica el seso a cada rato”
Leonora tenía una visión muy amplia sobre el tema, pero para Hernán significaba una cuasi infidelidad, así que se había instalado entre ellos una disputa que parecía no tener acuerdo posible.
-          Al donante lo elige el médico… - decía ella mansamente.
-          ¡Como si él fuera a averiguar la vida completa del donante! –respondía alterado Hernán.
-          Hay que llevar fotos de la familia completa, fotos nuestras de cara y cuerpo entero, para buscar alguno parecido.
-          ¿Para que nos june bien y se nos cague de risa? Qué bosta, Dios mío, ¿porqué hay tantos negros llenos de hijos? ¿y yo no puedo hacer uno ni pagando!
-         Con donante nos saldría más barato que un I.C.S.I. Nos ahorraríamos la bióloga, la punción, los medicamentos, ¿sabés que fácil? vas el día de la ovulación y es como hacerte un PAP.
-          Sí, pero no sería hijo mío.
-         Vos estabas de acuerdo con adoptar. Parece que preferís la burocracia o las misiones imposibles. No entiendo qué te pasa ahora.
-         - No es una misión imposible,  ¡mientras yo tenga UN espermatozoide hay esperanzas!
-         Pero ya hicimos siete intentos, ¿hasta cuándo vamos a seguir con lo mismo? tengo treinta y siete años… ya no soy una nena que puede esperar deshojando margaritas.
-          Y yo tengo cuarenta y dos, ¿te crees que no me siento un viejo? Estoy más para abuelo que para padre.
-           Con más razón, hagamos lo que nos sugiere el médico.
-          Parece que te encantó la idea de que el semen de otro hombre te penetre, ¿no?
-          Y a vos parece que no te importara mi deseo de estar embarazada, sos un egoísta…porque sería un hijo mío. Yo nunca me opondría si tuviera que recibir óvulos donados.
A esta altura, Leo ya lloraba, era su arma infalible.
-          Si tanto querés, te traigo un negro del aserradero y te lo cogés así se acaba toda la burocracia, nos sale más barato.  Hasta te puedo conseguir a uno que nos pague por pincharte.
-          Sos un maldito. Te aseguro que me lo puedo conseguir solita.
Leonora salió corriendo y se encerró en su dormitorio. Hernán la escuchó llorar, detrás de la puerta
¿Por qué carajo no puedo llorar yo también?, pensaba Hernán en un semáforo mientras los diálogos de la semana le continuaban desfilando por la mente.
La mañana que siguió a la discusión, cada uno se fue a trabajar y la semana transcurrió como si nada, aunque entre los dos se instaló un témpano, que les enfrió el diálogo y les congeló los besos. 
Pero Leonora se despertaba cada día con una sonrisa,  vistiéndose  y maquillándose provocativamente. Se paseaba en ropa interior que Hernán desconocía, y  movía las caderas mientras se pintaba frente al espejo y cantaba bajito.
Hernán la miraba de reojo, intrigado, y, haciéndose el desentendido, fingía no percibir los cambios de su mujer.
Esta mañana en particular Leo se vistió con ropa nueva, que había dejado la noche anterior sobre una silla. Se puso un perfume fresco y sensual que quedó esparcido por todo el dormitorio. Salió temprano, sin saludar, pero antes de irse le había dirigido una mirada pícara.
Esa mirada le volvía una y otra vez mientras manejaba hasta su casa, intranquilo. Quería pedirle disculpas a su mujer y hacerle el amor con locura como lo habían hecho de novios, cuando el embrujo de la infertilidad todavía no había hechizado su colchón”. “¿Por qué no habremos continuado con el noviazgo durante más años? Nos casamos pronto y enseguida se nos vino el maldito tema.”
Abrió la puerta de su casa y miró con ojos desorbitados una imagen que le sugirió mil opciones: un hombre en su living, con su  control remoto, que lo miraba sonriente.
La idea de ese hombre y su mujer en la cama le revolvió el estómago. La ropa nueva, los perfumes, la mirada pícara…todas las imágenes desfilaron por sus ojos encajando en un rompecabezas perfecto: “estaba frente al amante de su esposa”.
El hombre se levantó de su asiento y él quiso insultarlo, pero las palabras se le atoraron en la boca. El aire no ingresaba a sus pulmones. Trataba de respirar, pero un puño de acero le apretaba la garganta. Empezó a marearse.
La descompostura ya se le hacía inmanejable y el extraño lo notó porque corrió hacía  él mientras le decía algo que él no oía. Se habían anulado sus sentidos y de golpe el mundo se  había vuelto un lugar silencioso, vacío y extrañamente quieto.
Quería reponerse sólo para conservar algo de la dignidad arrebatada. Pero todo se puso negro. Y la paz que lo abrazó fue interrumpida por su esposa que lo cacheteaba:
-          Hernán, amor, Hernán, ¡despertá! – gritó Leonora nerviosa - En la heladera está el teléfono del servicio de emergencias, ¡llamálos, apuráte, gil!
-          ¿Donde está el teléfono? - decía el extraño.
-          Usá mi celular. Hernán, ¿qué te pasó? Alcanzáme una silla así le subimos las piernas, traé aspirinetas, por ahí es un infarto.
Hernán ya estaba despierto, pero le daba vergüenza abrir los ojos y enfrentar su realidad. Quería sólo dejarse asistir por su esposa. Que creyera que él se moría era parte del castigo.
            Tocaron el timbre, el extraño corrió a abrir la puerta pensando que era la ambulancia. Se oyeron gritos, exclamaciones.
-          ¡Pará, pará!  A Hernán le está dando un infarto.
-          ¿Qué decís, José?, ¿cómo un infarto? – la mamá de Leonora corrió a ver a su yerno.
-          ¿José? – gritó Hernán olvidándose de la actuación - ¿Vos sos mi cuñado que vive en España? -  preguntó sentándose de golpe.
-          ¿No te estabas muriendo vos? – le dijo Leonora dándole un manotazo en la cabeza.
Hernán se puso colorado y todos lo miraron con reprobación.
-          Pensé que era tu amante – dijo agachando la cabeza -, me desmayé de verdad, pero después no quería despertarme. Me muero si te pierdo.



Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 3 de octubre de 2011

miércoles, 19 de octubre de 2011

Paula

Retrato de un Momento


            Paula alzó las manos para sostenerse el pelo, posando a la cámara. Era una tarde cálida de Octubre, se había sentado en un bar de la Cañada, a tomar un refresco con su marido.
No le gustaba que la fotografiaran, no le gustaba posar, sonreír ni verse luego en los álbumes, porque para colmo de sentir aversión a que otros la miraran, salía siempre con cara de mala (la cara que ponía cuando la lente la enfocaba.) Algunas veces sí le gustaba fotografiarse de espalda, mirando el horizonte; otras le gustaba retratar sus ojos, sus pies, pero especialmente le gustaba su mano, porque le parecía de dedos largos y delicados, aunque nunca llevara las uñas arregladas.
            Paula era fotógrafa y le apasionaba ver el mundo a través de una lente. Pero no le gustaba que el mundo la viera a ella de igual manera. Quizás porque cada vez que ella enfocaba buscaba alguna particularidad en las cosas, algo que le llamara la atención, alguna rareza. Y a ella, rarezas y particularidades le sobraban desde que tenía memoria y su madre pedía a gritos una hija “normal”.
            Pero lamentablemente, Fer también era fotógrafo y estaba empecinado en que ella fuera su modelo. La fotografiaba distraída varías veces al día y ahora que estaba embarazada su empecinamiento se había transformado en obsesión, quería que se pusiera de perfil en todos los escenarios. Ella muchas veces se negaba, (le daba un poco de timidez mostrar una incipiente panza de 14 semanas), pero cuando Fer recibía un “no”, se ofendía como un niño. En realidad le hería su entusiasmo de padre primerizo y entrado en años. Así que Paula ponía la mejor voluntad que su clásico pesimismo y sus hormonas le permitieran.
-          Levantate el pelo pero con una mano, como si tuvieras calor. El bebé seguro es varón, en el trabajo dicen que las nenas afean a las madres y vos estás cada vez más hermosa. Yo quiero elegir el nombre si es varón – dijo Fer en tono sarcástico, haciendo alusión a la naturaleza feminista de Paula.
-           En realidad sea lo que sea, al nombre deberíamos acordarlo entre los dos, ¿mirá sí es nena y a mi se me ocurre ponerle Clotilde?
-          Clotilde se llamaba una tía abuela – dijo Fer risueño – ¡era un personaje sin parangón! La vieja era traficante, bah…empezó a traficar cuando se quedó viuda, como ella era francesa podía ir y venir sin complicaciones y el cambio de la moneda de allá a acá, le favorecía, así que…
-          ¡¡Fer!! Si te gusta el nombre Clotilde, por más personalidad que tenga, no quiero ni pensar qué se te puede ocurrir para un varón…capaz que salís poniéndole Zoilo, como ese tío que cuenta tu mamá, el que se hizo cura de grande y le bendijo el río a una vieja para que lo dejara de perseguir con la botellita de agua para bendecir.
-          Jajaja sí, un genio ese cura, ¡odiaba las viejas caretas, con olor a naftalina! ¡Él era genuino!
-          ¡¡¡Igual!!! ¡Ese nombre es de caricatura!
-          Sí, no sé, creo que nuestro hijo nos odiaría…
-          ¡¡¡A vos!!! ¿Te pensás que no le diría que vos fuiste el que le puso semejante cruz?
-          Bueno, pero vos hubieras pecado de cómplice, ¡así que también te odiaría!
-          ¡¡Por eso mismo!! ¡¡Al nombre lo elegimos entre los dos!!
-          Quedate así, Pau, no te muevas – dijo él moviendo las lentes de su cámara profesional.
Paula contó en silencio varias veces para no exasperarse y se dejó fotografiar nuevamente. Mientras ella lo miraba, la cara de él le resultó diferente, como la de un extraño. Le pasaba muchas veces que mientras hablaban el rostro de Fer iba mutando -o tal vez cambiara su sentido de la percepción- pensaba. Algunas veces lo veía hermoso, como si fuera un estudiante pleno de hormonas y ella se llenaba de cosquillas en todo el cuerpo; otras, su cara se volvía desabrida, sus ojos que eran verdes y fogosos se veían marrones y apagados. ¡Y hasta algunas veces le veía la piel porosa y engrosada como si tuviera sesenta años!
Pero estos cambios en la forma de percibir no le extrañaban, ya que le pasaba con ella misma (aunque últimamente no reconociera quién era la mujer que se reflejaba cada vez que se paraba frente al espejo del baño). Había días en lo que se veía hermosa, joven, sensual; otras veces se veía (y sobre todo, se sentía) arrugada, indeseable, fea. Esos días odiaba tener que sacarse el camisón, tardaba horas en vestirse, desarmaba el placard buscando algo que le quedara como la gente.
-          Pau, mira que linda salís en esta foto – dijo Fer dando vuelta la cámara para dejar el visor a la altura de los ojos de Paula – parecés un ángel, fijate en el rayo de luz que se ve a tu espalda.
-          ¿Está todo bien? ¿Desean pedir otra cosa? – preguntó un mozo con ojeras excesivamente marcadas.
-          Pau, ¿querés otra Coca? Yo quiero otra medidita – dijo Fer señalando el vaso casi vacío – ¿está seguro que es Branca? ¡Mire que los otros me descomponen!
-          Vi que cambiaste tu foto de perfil – dijo Paula interrumpiendo – ¡que ocurrencia, sacar la foto de la eco de tu bebé y poner la imagen del águila de Branca, hay que ser fanático!
-          No es fanatismo, es que me mandaron el águila original, el primero que salió editado con el Fernet Branca, fijate que los colores son distintos, ¡esa foto no se consigue!
-          Acá esta su Fernet Señor – dijo el mozo, mientras colocaba en la mesa el vaso con dos hielo y un líquido negruzco.
-          Gracias – dijo Fernando, mientras le servía la Coca a Paula y comenzaba el ritual de prepararse su aperitivo.
Paula lo observaba atrás de su vaso, volvía a mutar su imagen, ahora parecía un niño armando su juguete preferido, esa visión la llenó de ternura, ella apoyó la bebida en la mesa y se levantó inclinándose hacia delante, le dio un beso en la mejilla que Fer devolvió con una sonrisa en lo ojos.-

Carola Ferrari
4 de Septiembre de 2011

lunes, 17 de octubre de 2011

Un Sueño Secreto

Acá comienzo con un sueño secreto: El de Escribir.
Empachada de novelas románticas, históricas, de suspenso; me vino a la mente una idea pequeña, como una semilla tímida: Escribir Algo, Alguna Vez...
Me contacté con muchos escritores que me respondieron enseguida, gustosos! Hasta que conseguí una escritora que me ofreció un taller, para comenzar a dar estos primeros pasos...
La verdad: es difícil!!!
Mover viejas estructuras, hacerle lugar a las nuevas... correr viejos modos, hacerle lugar a los nuevos...  hacerle lugar... No, no es nada fácil.