lunes, 16 de enero de 2012

Sin Retrato

Sin Retrato

El sol se recostaba tímidamente sobre las cajas abiertas. En el suelo, foto viejas y hojas amarillas. Olor a humedad era el condimento que llenaba el alma de sinsabores.
         Silvia tomó la fotografía abandonada en el escritorio. Los recuerdos se deshicieron en sus pupilas y marcharon autómatas por su mente.
         Manuel, su hermano, tocaba en la banda del barrio. Había descubierto que soplar una trompeta traía como rédito mujeres bien dispuestas. Era atractivo, tenía ojos de hechicero, y una energía tan expansiva que volvía feliz a quien se le acercara.  Tal vez por eso la gente buscara tenerlo cerca, pensó Silvia.
         Manuel tenía el don de cautivar con su sonrisa y personalidad. Nunca se casó, pero tuvo dos hijos con los que mantuvo una fluida relación. Los llevaba de vacaciones cada año y se divertía con ellos como si fuera otro niño. Los hermanos se querían, a  pesar de tener madres diferentes, se sentían cómplices en la aventura de compartir un padre singular.
Despertó más de un rencor: en aquellas mujeres que quisieron poseerlo, en hombres que deseaban sus conquistas, incluso en Silvia, que veía lo generosa que había sido la naturaleza con su hermano y lo mezquina que se había portado con ella. Como si lo que se le diera a uno, a otro se le negara.
         Silvia era una reconocida pintora. Tímida, pequeña e insulsa. Meticulosa para trabajar, ordenada en su vida y responsable en sus obligaciones. Tan llena de mandatos que cumplir, que nunca saboreó el placer de la rebeldía.
Era una sombra en las fotografías del pasado, pensó mientras se buscaba sin éxito entre las imágenes esparcidas por el cuarto; como si su existencia no mereciera ser fotografiada.
Silvia volvió a mirar la imagen en sus manos. La banda había tocado en una fiesta del club. Recordaba esa noche; Manuel soplaba la trompeta y sonreía al mismo tiempo, disparando miradas fugaces a “doncellas de ocasión”.
Ella había amado a su único hermano. Aunque hubiera deseado tener un poco de su magia y que la miraran con la misma admiración que sentían por él.
Manuel, hoy cumplirías sesenta años, le dijo Silvia a la fotografía. Moriste en tu ley: audaz y hermoso. Haciendo únicamente lo que tus placeres reclamaran.
 Silvia recordó cuando esparcieron sus cenizas. Las viudas competían por quien hacía más el ridículo. Recordó a sus sobrinos riéndose en voz baja.
Revivió la conversación con su sobrina Luz, que ridícula Mónica, se puso botas con taco aguja y un Jean tres talles más chicos…. ¡casi se cae! ¿te imaginas si resbalaba con la urna en las manos? a la tarada no se lo podíamos sacar. Se ve que lo quería tener preso por una vez en la vida. Risas.
¿Cómo podía recordar risas de ese momento? se dijo con algo de culpa. Peor todavía, recordaba que se había tentado de  risa y que no lo podía disimular. Su sobrina al verla así, le iba haciendo acotaciones al oído, lo que sólo empeoraba su estado, totalmente desubicado para la ocasión. O tal vez no, porque el muerto había sido la antítesis de las normas sociales.
Una suerte que no estés para cumplir sesenta años hermano. No te imagino festejando el cambio de década. ¿Qué te hubieran regalado tus hijos? Seguro que alguna broma pesada. Rememoró el cumpleaños cincuenta y cinco de Manuel: su hija le dijo que le regalarían “algo para el insomnio”. Cuando Manuel desenvolvió el paquete, encontró un “kit para masturbación”, y una dedicatoria que decía: “para que te canses y te duermas”. Manuel, dejando salir una de sus tan contagiosas risotadas le había dicho: ¡sos la peor hija del mundo!
Ella no entendía esos códigos, pero los disfrutaba. Le hacía feliz sentir como suya esas pequeñas venganzas de sus sobrinos. Veía a su madre escandalizarse en silencio, quien jamás decía nada de sus nietos, porque eran una versión empeorada de su propio hijo.
Agotada, Silvia sintió que salía de un túnel de recuerdos. Volvió a mirar el cuarto donde se encontraba. Cada objeto era un pasadizo a su historia: a un Buenos Aires del setenta, a un Tucumán del noventa, a una Patagonia del cincuenta. El pasado se volvía sobre ella sin compasión.
Tal vez las fotos de su vida se encontraran en alguna caja extraviada, pensó evocando el recuerdo de su madre. Pero ya no sintió rencor hacia ella, ni a la marcada preferencia a su hermano. Era increíble el poder sanador que traía consigo la muerte.
Es tiempo de tomar las propias fotos de mi vida. Elegir nuevos escenarios, nuevos rostros…. dijo sacudiéndose del alma la nostalgia y arrojando al montón de cosas viejas el retrato que llevaba en sus manos.

Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita. 6 de septiembre de 2011

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