Una Duda. Una Sentencia
Las puertas se abrieron y cargué con mis cosas, los restos de mi vida. Sola en la vereda, el mundo me significó un abismo. Quise dar marcha atrás, golpear, esconderme nuevamente. Pero recordar la charla con mi psicólogo, antes de partir, me frenó el impulso.
- No me quiero ir – le había dicho yo, al borde del llanto.
- Te vas a ir – respondió sin mirarme.
- No me pueden obligar – le dije temblando de miedo y de vértigo al verlo implacable.
- Mariana… - dijo moviendo la silla con brusquedad – Mariana… unos meses te permití ser como el avestruz, esconder la cabeza y que las cosas pasaran a tu lado como si vos no existieras. Pero hay un mundo que te espera. Te voy a acompañar en todo momento. Nos vamos a reunir tres veces por semana y si hace falta más, le agregamos días, horas, lo que necesites.
- Todos me miran con lástima, una loca que da pena… no quiero ver a nadie. No quiero, no puedo, te juro que no puedo.
- Vamos a ir paso a paso, vos marcás el tiempo. Salís de alta mañana a las diez de la mañana. Vas a tu casa en un taxi; te bañas, acomodás la ropa y te sentás a leer el libro que estamos trabajando. ¿Si?
- ¿Nada más?
- Nada más.
Recordar las indicaciones del terapeuta me ayudó a llamar un taxi. Le di mi dirección. Subí al departamento y los recuerdos me acribillaron la cordura.
Los olores que emanaban mis secretos, no tan secretos… mi vida, mis cosas… quise huir de casa pero me contuve; respiré como me habían enseñado en las clases de yoga.
Acomodé mis pertenencias lentamente, para que no me sobrara tiempo. La primavera entraba por las ventanas, me invitaba a disfrutar la vida. Me senté a leer mirando el paisaje, quien parecía esforzarse en lucir más hermoso.
Los recuerdos embriagaron mis párpados. Haciendo caso omiso de la prohibición de mi terapeuta, cerré los ojos y sentí las manos de Santiago. Risas. Brisa cálida. Besos húmedos. El amor abrazándonos incansable. Nos creíamos invencibles. Borrachos de pasión, presos de nuestras lenguas. La mirada perdida en los ojos del otro.
Viajando en un Falcon a gas, bien pegados. Los cambios los hacíamos con las manos entrelazadas, para no soltarnos.
- Vas a ver qué hermosa cabaña conseguí.
- Quiero llegar, me pongo celosa hasta del volante, parece que lo acaricias más que a mí.
- Cuando manejo imagino que es tu cuerpo. Sos lo único...
- ¿Me lo jurás?
- ¡Si! YA quiero que nos casemos, que tengamos hijos, que hagamos nuestra casa. ¡Nuestra!
- Nunca pensé que podría ser así de feliz.
¡Ni así de infeliz! Me levanté del sillón rápidamente, con la intención de que las imágenes se resbalaran de mi alma.
Al lavar unas verduras, me miré las muñecas. Las cicatrices ya habían sanado pero yo las escuchaba sangrar en un llanto mudo.
- No me pasa nada, te juro que está todo bien. Quiero estar un poco solo, nada más.
- No mientas, ¿por qué no te puedo acompañar?, nunca quisiste estar solo… ¿decime qué pasa?
- Basta, estás perseguida, no tengo nada para decir. Me voy un par de días porque lo necesito, te llamo…
Llanto. Esperar una llamada que nunca sonó. Dudas… certezas. Un fin de semana que nunca acabó.
¿No te quiero mentir? ¿Eso me había dicho? Ya no recuerdo, las frases se me van mezclando, ¿por qué mi psicólogo no me dejó escribirlas? ahora sabría si me dijo: no te quiero mentir o no te puedo mentir, no es lo mismo querer que poder… aunque, debería haber mentido... ¡no! ¿para qué? No tendría que haber pasado. Éramos felices. ¿Por qué… por qué?
Duele revivir esta sensación de desesperación, de impotencia, por acontecimientos que no tienen retorno, por cosas que pasan y que uno desearía borrarlas. Pero la memoria no da tregua, no tiene compasión.
Me recordé bañada en sangre. El pánico, el silencio. Despertarme y no saber dónde. Creer que todo fue un sueño y buscar al lado de la cama: el vacío. El dolor del vacío. El sufrimiento que no acaba. Que no se calla, que arde.
La ambulancia. Una amiga llamando a mi madre. Miradas recriminatorias de mi padre. Desear la oscuridad. Desaparecer.
Busqué las pastillas: antidepresivos, vitaminas… tomé todo junto, de un trago; pretendiendo sanar recuerdos lacerados.
Quiero llamar a mí psicólogo, dije en voz alta. Las sesiones de análisis se calcinaban en el fervor de mi mente. No voy a poder vivir así. Pendiente de los minutos, rumiando mis angustias.
Miré la hora en el celular buscando además, un mensaje, una llamada, una cura. Se acercaba el momento de acudir a la cita, pero las dudas me sentenciaron: si cumplía con la terapia, comenzaría a sanar. Pero también podía faltar… y que el dolor fuera mi carcelero y el recuerdo mi verdugo.
Me doblé ensimismada, acunando la soledad. La vida me palpitaba en las muñecas pero no quería sentirla. La soledad me sabía a muerte, la muerte a olvido.
Me adormecí arrullada por la nostalgia. Soñé que era niña, que me hamacaba en un parque infinito; la vida era un vaivén de sentimientos y yo quería sentirlos. Me desperté. El teléfono sonó una vez, dos veces, tres veces.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 4 de noviembre de 2011
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