El Umbral
La velada en Villa del Dique resultó gratificante. El motivo había sido festejar que Virginia acababa de recibirse de Martillera.
Brindaron, comieron y charlaron. Como era día de semana, terminaron temprano y se despidieron organizando la próxima cena en Santa Rosa.
Las localidades se encontraban a menos de quince kilómetros por lo que hacía más simple que los matrimonios se juntaran con frecuencia.
En la ruta viajando a casa la pareja conversaba en voz moderada, para no despertar a los niños.
- ¿Mañana dónde te toca la escritura?
- En Río Tercero, tengo que estar a las ocho en punto, un embole…
- ¿Por qué tan temprano? ¿No podés decir que vivís lejos, así te las organizan para después de las nueve, por lo menos?
- No, no sé. Nunca se me ocurrió… necesito vacaciones urgente. Estoy reventado, Vicky, siento como si un tren me hubiera pasado por arriba.
Pero el tren era el de todos los días. Fernando vivía estresado. No sólo el trabajo lo tenía mal. Él encarnaba una especie de mandato que lo ponía en el traje de súper héroe. Y ese ímpetu por ocuparse de los problemas de todo ser que habitara Calamuchita y alrededores, lo extenuaba física y espiritualmente. (Un súper héroe, al final del día, siempre acaba sintiéndose solo)
- ¿Hiciste las reservas? – preguntó ella, sabiendo que no valía la pena pedirle un cambio de actitud: dedicarse tiempo para sí o aprender a decir no.
- Paula quedó en llamarme, pero se ve que se fue de viaje.
- Reservemos con Lozada; si nos demoramos, nos vamos a quedar sin vacaciones.
- Sí, pero esperemos un poco. Prefiero comprarle a alguien del pueblo, aunque nos salga unos pesos más.
- Está bien, pero hay que agilizarla. Pasáme el número de la agencia así la llamo y le pregunto.
- No, dejáme a mí. Hoy no pude, pero mañana sin falta la vuelvo a llamar.
Ella resopló sin decir palabra. Sabía que su marido no podía delegar ni siquiera una llamada.
Quedaron en un silencio tenso. Fernando insultaba entre dientes porque una luz titilaba en el tablero del auto, alertando alguna falla.
Una maniobra brusca y una bocina insistente despertaron a Lucía, quien sobresaltada preguntó a los padres:
- ¿Qué es ese humo? – y refregándose los ojos intentaba hallar explicación al fenómeno del paisaje.
- No es humo, es ceniza – respondió Fernando mirando con intriga la ruta.
- No es ceniza, en Santa Rosa debe haber llovido y como la ruta está caliente, el agua se evapora – dijo la madre, que tampoco entendía de qué se trataba esa nueva bruma.
- ¡Pero que va a ser vapor! es neblina, mirá cómo se ven los árboles… – acotó el padre.
- Ma, fijate en las montañas…
El matrimonio y la niña miraban el paisaje, que les resultaba extraño. No era el de siempre. Una especie de niebla parecía reptar entre las montañas y los algarrobos, abrazando la tierra. El más pequeño continuaba durmiendo impávido.
La luna llena devolvía imágenes que la familia desconocía. Parecía un juego perverso entre la luna, la bruma y los árboles.
No se veían las casas de siempre, todo se perdía en una nebulosa que no era vapor… que no era humo, ni ceniza...
Doblaron donde siempre y llegaron a su casa. El barrio no era su barrio. Pero allí estaba su casa y la del vecino, que a pesar de ser la madrugada, tenía una luz encendida y una figura asomada en la ventana.
Mientras bajaban cargando abrigos y juguetes, notaron el parabrisas roto y el frente del auto chocado: como si un camión les hubiera pasado por encima.
Virginia ahogó un grito de terror. Abrazó a sus hijos mientras las lágrimas se le escapaban.
No puede ser… pensó Fernando. ¿Lo chocaron estacionado y no lo ví cuando subimos? Imposible, con este palo no hubiera siquiera arrancado… ¿chocamos en la ruta? Deberíamos haber sentido el golpe o el viento en el parabrisas...
Como respuesta divina, la bruma se hizo más espesa, se les metió en el alma.
Se sintieron livianos, sin el peso del cuerpo. Como almas desnudas que flotan sin fuerza, en un sueño inventado.
Querían despertarse o querían dormir para soñar que todo era imaginado. Tal vez la vida fuera tan sutil que finalizara en un umbral imperceptible, tal vez esa fuera la vida eterna… o tal vez realmente fuera un sueño, una pesadilla compartida.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 23 de octubre de 2011
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