El Amor de Sofía
Faltaban escasos treinta minutos para el estreno. Ya lo que no se hizo hasta ahora, no se hace más, estoy jugada, pensó mientras se maquillaba frente al espejo. Sofía había corrido toda la semana, cosiendo parte del vestuario, peleando con el iluminador; discutiendo a gritos con el sonidista, insultando a los actores que no se movían como ella les indicaba.
- Sos una mal cogida - le gritaban a sus espaldas.
¡Y claro que lo era!
Sofía vivía prácticamente sola, su hijo de 12 años sólo pernoctaba contadas veces en su casa, el resto de la semana dormía en lo de su abuela, la mamá de Sofía. Así que ella convivía la mayor parte del tiempo con sus angustias y con sus disconformidades (que eran incontables).
Para sentirse viva buscaba la adrenalina de llevar todo a extremos. La vorágine de las cosas pendientes, de esperar a último momentos para definir detalles; correr, gritar… toda la “locura” que en esos momentos se desataba hacía que la vida se le reinventara.
La mañana del estreno gritó tanto que empezó a oír los golpes de su corazón en el pecho.
- Ah… ¡estabas vivo! – le dijo con el cinismo de quien nada tiene para perder. Se sentía condenada a la insatisfacción, casi por elección propia.
Mientras se daba los últimos retoques frente al espejo, volvía a sentir los latidos de su corazón, pero esta vez por evocar a su amor.
- Nadie se va a enterar jamás– se decía a sí misma -. ¿Cómo puede ser que me pase esto? Enamorarme sin medir las consecuencias… este amor es un castigo, ¡es un imposible! – y un sabor a fruta amarga le corrió por las venas y le endureció más las facciones de amante frustrada.
Esta negación no era sólo por ella, era por toda su familia (una de las más conocidas y prestigiosas de la ciudad). Demasiado había transgredido las reglas teniendo un hijo de soltera, que por suerte todos adoraban. Pero con ésto la terminarían de enterrar, la desampararían y ella no estaba en condiciones de que su familia no le prestara ayudas de todo tipo… imposible, se dijo en silencio.
Sofía tenía un cuerpo lleno de curvas eróticas. Era bella y provocativa, de esa hermosura que hace imposible que los hombres no la miren y las mujeres no la odien. Era increíblemente talentosa en lo que hacía. Aunque todos la aborrecieran durante el proceso de creación, cuando el telón bajaba, la felicitaban hasta quienes habían sido víctimas de su temperamento.
Salió de su casa a las corridas, despidiendo aroma a flores frescas, sintiéndose importante y pensando en su amor: ¿estaría en el teatro?, ¿notaría su perfume nuevo, su vestido transparente? Esta vez el cosquilleo se le enredó en el alma y tuvo que apretar las piernas para liberar la electricidad que le entibió el cuerpo entero.
- ¡Voy a volverme loca! ¿Cuántos años llevo enamorada? Tengo que buscarme un hombre decente, que trabaje, que me cuide… - la ocurrencia le desmadejó el espíritu – ¡antes, muerta!
Y la idea de la muerte le acarició las tentaciones. En noches de angustia y llanto, la dama blanca la había seducido con sus velos de paz y alivio.
Pero no tenía coraje para quitarse la vida. No tenía coraje siquiera para vivirla, menos para arrebatársela.
Llegó al teatro corriendo. Ni bien ingresó, la apabullaron con problemas y requerimientos:
- No funcionan las luces del fuego…
- Se descompuso la primavera, dice que no quiere salir del baño.
- Estamos acabadas, es la actriz principal – lloraban histéricas las margaritas.
- El sonidista dice que hasta que no le pidas disculpas, no piensa mover un dedo.
Sofía respiró hondamente, disfrutando de ese momento. Sabía, sentía, que al final, misteriosamente, todo resultaba mejor de lo esperado. Era la magia del teatro.
- Hola Sofi… - le dijo una voz ronca, sensual.
Sintió que el mundo se deshacía bajo sus pies. Las partes de su cuerpo eran un dominó que caían lentamente, mientras la voz ronca le empujaba los sentidos.
Aún paralizada, la voz le susurró:
- Exquisito perfume – y la nuca se llenó de notas musicales que le entonaron el alma – este vestido es una canto a la vida, dejáme mirarlo de frente.
Sofía giró lentamente, emocionada hasta el último escondite de su ser.
- Hola, Clara– le dijo con voz suave, alzando los brazos para lucir su vestido – el perfume es de Hermes…
Y acercándole su cuello a la boca de Clara, sintió que se había convertido en un mar de sensaciones, percibía el calor de su amor, el aliento trepando hasta sus oídos. Y juró que por ese instante, sólo por ese instante, valía la pena haber vivido.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 27 de octubre de 2011
Me encantó las descripciones que usaste, pude casi ver a Sofía en su entorno. El desenlace estuvo genial. La frase "solo por ese momento valió la pena haber vivido" me gusto mucho.
ResponderEliminar¡¡¡EXCELENTE!!!
Qué bueno que te haya gustado!!!!!!!!!! me alegra muuucho!!!
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