Sombra de Azúcar Quemada
En una tarde de fines de enero, varias vecinas se habían reunido a bordar ropa para una virgencita, que ocuparía un lugar de privilegio en la parroquia del barrio.
La procesión saldría de la casa de una de las familias más acaudaladas de Banfield llevando a la Virgencita adornada con flores naturales, que varias mujeres ya habían cultivado. La comunidad se mostraba alborotada con semejante evento.
La esposa del principal comerciante del barrio, Costas, estaba entre las vecinas, aunque su presencia fuese sólo una sombra oculta. La mujer era sumisa, de piel transparente y angulosas facciones. Sólo se limitaba a bordar y mirar de soslayo a las mujeres que hablaban de las últimas “comidillas” de los vecinos.
Costas tenía su comercio frente a la plaza donde pasaría la procesión. Hijo de sirios pero católico por crianza, estimulaba a su mujer a participar de los eventos religiosos. Era un modo de darle buen nombre a su almacén de ramos generales.
Pero esta procesión lo tenía alterado. Había invitado a Dora a mirar desde su terraza los acontecimientos del 2 de febrero. Esta invitación tenía una intención oculta, ya que Costas estaba enamorado de la joven.
El comerciante había querido “comprar” a Dora, pero los patrones de la jovencita le informaron que trabajaba por un salario, ya que era una mulata liberta. Así que el hombre se limitaba a hacerle presentes y comprarle pastelitos.
Dora coqueteaba con el comerciante. Disfrutaba ver cómo languidecían sus ojos cuando ella le ofrecía en la boca un pastel cargado de almíbar. Si el hombre rechazaba la oferta, ella se lo metía en su boca, juguetona, se pasaba la lengua por los carnosos labios y le sonreía con sus dientes blanquísimos, mientras Costas la miraba hechizado. Luego volvía a casa divertida y le contaba sus travesuras a la cocinera, quien la retaba por “insinuarse a un hombre casado”.
Costas era muy religioso y sentía como “cosa de mandinga” dejarse tentar por esos labios rojos, pero ya le había hecho tantas veces el amor en sueños, que hacerlo en la realidad no le parecía tan malo. “Si ya de tanto imaginarlo creo que conozco el gusto de su piel”; se decía, mientras planeaba el encuentro.
Había acomodado un cuartito que se ubicaba en el piso superior del almacén y elegido con cuidado las sábanas de algodón, el perfume de las almohadas, las flores en el jarrón. Se sentaba en una silla a soñar despierto las caricias que le dedicaría.
La noche anterior a la procesión su mujer, mientras leía en la sala, le dijo al pasar:
- Me comentó la Señora Lemir que su criada vería la procesión desde la terraza de nuestro almacén.
- Sí, yo invité a Dora con nosotros.
- ¿Quién es Dora?
- La mulata que trabaja para los Lemir.
- ¿Y por qué vendría una desconocida, encima mulata, a nuestra casa?
- Mujer, ¿desde cuándo tiene permiso para cuestionar mis decisiones?
- Disculpe, señor – dijo la esposa levantándose de la silla y retirándose a su dormitorio.
Desde que habían perdido las esperanzas de tener hijos, Costas y su mujer dormían en habitaciones separadas. Lo cual, para ella, había resultado un alivio de cuerpo y alma.
La tarde de la procesión, Costas obligó a su esposa a permanecer en la cama, “la noto enferma” –le había dicho- y se retiró al almacén, disimulando su júbilo.
Dora llegó con una bandeja cargada de buñuelos que despedían olor a azúcar quemada. Costas se dejó abrazar por el aroma, imaginando que así sería la piel de la joven.
- ¿La Señora? – preguntó mirando con picardía a ambos lados del cuarto.
Costas la besó lentamente, con pasión contenida; quería hacerlo perfecto. La levantó en brazos y la llevó hasta la cama.
Un grito de terror rompió el encanto. Dora palidecía, sus ojos desorbitados. Costas giró la cabeza hacía la presencia que se les acercaba. Miró al único ojo sano de su verdugo.
El tuerto descargó una maza pesada en la cabeza de Costas y el último grito de Dora se confundió con el eco de los cantos religiosos que resonaban en la calle.
Los Lemir no velaron a Dora. Prefirieron enterrarla en la fosa común. Costas fue velado como mandan las buenas costumbres.
Mientras la viuda lloraba calladamente, las mujeres murmuraban.
- Dicen que los mataron mientras pecaban.
- Alguien entró a robar, creyendo que el almacén se encontraba vacío…
- Igual es muy extraño… pero lo más preocupante es la viuda; con esto, creo que el próximo velorio es el de ella.
- Pobrecita, dicen que vio al muerto desnudo como estaba, con esa mulata descarada.
- Pobre niña, no era mala… aunque con esa cara de pícara era de esperar que terminara en una cama equivocada.
- Los Lemir no vinieron a dar el pésame.
- Pero claro, imagináte semejante desfachatez…
Era entrada la noche, cuando un golpe seco retumbó en la sala. La viuda se levantó de su sillón, sin asombro, sin pausa. Abrió la puerta de la cocina y estiró una bolsa de terciopelo negro.
- Aquí está lo que faltaba; mitad en el encargo y mitad al terminar el trabajo.
- Gracias, Señora - dijo el tuerto inclinando levemente la cabeza.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 11 de octubre de 2011
Muy bueno Caroooo!!! Te felicito sobrinita, excelente el cuento, ágil y entretenido. Me encantó!!!! Besote!!!
ResponderEliminarQue lindo que te haya gustado!!!! me alegro!!! besossss y gracias!!!!!!!
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