lunes, 24 de octubre de 2011

El Amante

El Amante


Los teléfonos de la oficina no paraban de sonar. El ruido de las voces humanas se mezclaba con el de las impresoras a chorro de tinta, de los ventiladores, de los timbres. En el aserradero era el horario pico, pero Hernán no estaba concentrado como siempre.
Si fuera un día normal, Hernán estaría atendiendo el teléfono, respondiendo los correos, tipeando en la computadora.
No le gustaba sentirse así,  “no es la primera pelea que tenemos con Leo”, se decía,  intentando olvidar los diálogos con su esposa. “Debería estar pensando en el envío pendiente que tenemos de gayubira. No sé por qué la gente se empecinó con tirantes y machimbres de guayubira, por más que uno le diga que el quebracho es más resistente, que los tirantes quedan mejor… ¡¡no entienden!! Algo se pone de moda y todo el mundo quiere lo mismo. Y por la maldita moda se retrasan los envíos…”
Pero ni siquiera los problemas que antes lo hubieran mantenido concentrado en su trabajo,  podían contenerlo. Decidió irse. Una ansiedad inusual lo llevó a tomar la decisión impulsivamente. Un mal presentimiento le atravesó el alma.
-          Gri, me voy –dijo a su secretaria – cancelá si tengo alguna cita. Avisá a la oficina del Chaco que me cansé de esperar, que ya los voy a llamar en otros términos… Ah, no me pases llamadas al celular.
Hernán iba aumentando su ansiedad a medida que la cara de su secretaria se iba desfigurando.
-          ¿Entendiste, Griselda? ¿o te lo dejo escrito en una hoja?
-          Sí, sí, entendí. Disculpáme, Hernán, ¡es que no puedo creer que te vayas!
-          Ok, chau.
La secretaria tenía un trato informal con su jefe, tal vez por la poca diferencia de edad que había entre ellos, pero a Hernán ese trato le molestaba, aunque no sabía cómo ponerla en su lugar, “¿qué decirle? ¿tratáme de usted? Se tendría que dar cuenta sola, debo ser yo el pelotudo que no pone límites desde el vamos” se decía, mientras arrancaba su auto y aceleraba más de lo permitido.
Camino a su casa se entregó de lleno a pensar en aquello que lo había sacado de su eje. Su último tratamiento de fertilidad les había dado negativo y en la consulta, el especialista les había sugerido que si querían lograr un embarazo, deberían intentarlo con un donante de esperma. “Encima el imbécil se largó a decir barbaridades de mis pobres bichos: que son pocos,  vagos, deformes… ¿no se miró la cara de engendro el médico de mierda? Y para  colmo, se le ocurre largar la maldita idea  frente a Leonora, que no se lo saca de la cabeza y me pica el seso a cada rato”
Leonora tenía una visión muy amplia sobre el tema, pero para Hernán significaba una cuasi infidelidad, así que se había instalado entre ellos una disputa que parecía no tener acuerdo posible.
-          Al donante lo elige el médico… - decía ella mansamente.
-          ¡Como si él fuera a averiguar la vida completa del donante! –respondía alterado Hernán.
-          Hay que llevar fotos de la familia completa, fotos nuestras de cara y cuerpo entero, para buscar alguno parecido.
-          ¿Para que nos june bien y se nos cague de risa? Qué bosta, Dios mío, ¿porqué hay tantos negros llenos de hijos? ¿y yo no puedo hacer uno ni pagando!
-         Con donante nos saldría más barato que un I.C.S.I. Nos ahorraríamos la bióloga, la punción, los medicamentos, ¿sabés que fácil? vas el día de la ovulación y es como hacerte un PAP.
-          Sí, pero no sería hijo mío.
-         Vos estabas de acuerdo con adoptar. Parece que preferís la burocracia o las misiones imposibles. No entiendo qué te pasa ahora.
-         - No es una misión imposible,  ¡mientras yo tenga UN espermatozoide hay esperanzas!
-         Pero ya hicimos siete intentos, ¿hasta cuándo vamos a seguir con lo mismo? tengo treinta y siete años… ya no soy una nena que puede esperar deshojando margaritas.
-          Y yo tengo cuarenta y dos, ¿te crees que no me siento un viejo? Estoy más para abuelo que para padre.
-           Con más razón, hagamos lo que nos sugiere el médico.
-          Parece que te encantó la idea de que el semen de otro hombre te penetre, ¿no?
-          Y a vos parece que no te importara mi deseo de estar embarazada, sos un egoísta…porque sería un hijo mío. Yo nunca me opondría si tuviera que recibir óvulos donados.
A esta altura, Leo ya lloraba, era su arma infalible.
-          Si tanto querés, te traigo un negro del aserradero y te lo cogés así se acaba toda la burocracia, nos sale más barato.  Hasta te puedo conseguir a uno que nos pague por pincharte.
-          Sos un maldito. Te aseguro que me lo puedo conseguir solita.
Leonora salió corriendo y se encerró en su dormitorio. Hernán la escuchó llorar, detrás de la puerta
¿Por qué carajo no puedo llorar yo también?, pensaba Hernán en un semáforo mientras los diálogos de la semana le continuaban desfilando por la mente.
La mañana que siguió a la discusión, cada uno se fue a trabajar y la semana transcurrió como si nada, aunque entre los dos se instaló un témpano, que les enfrió el diálogo y les congeló los besos. 
Pero Leonora se despertaba cada día con una sonrisa,  vistiéndose  y maquillándose provocativamente. Se paseaba en ropa interior que Hernán desconocía, y  movía las caderas mientras se pintaba frente al espejo y cantaba bajito.
Hernán la miraba de reojo, intrigado, y, haciéndose el desentendido, fingía no percibir los cambios de su mujer.
Esta mañana en particular Leo se vistió con ropa nueva, que había dejado la noche anterior sobre una silla. Se puso un perfume fresco y sensual que quedó esparcido por todo el dormitorio. Salió temprano, sin saludar, pero antes de irse le había dirigido una mirada pícara.
Esa mirada le volvía una y otra vez mientras manejaba hasta su casa, intranquilo. Quería pedirle disculpas a su mujer y hacerle el amor con locura como lo habían hecho de novios, cuando el embrujo de la infertilidad todavía no había hechizado su colchón”. “¿Por qué no habremos continuado con el noviazgo durante más años? Nos casamos pronto y enseguida se nos vino el maldito tema.”
Abrió la puerta de su casa y miró con ojos desorbitados una imagen que le sugirió mil opciones: un hombre en su living, con su  control remoto, que lo miraba sonriente.
La idea de ese hombre y su mujer en la cama le revolvió el estómago. La ropa nueva, los perfumes, la mirada pícara…todas las imágenes desfilaron por sus ojos encajando en un rompecabezas perfecto: “estaba frente al amante de su esposa”.
El hombre se levantó de su asiento y él quiso insultarlo, pero las palabras se le atoraron en la boca. El aire no ingresaba a sus pulmones. Trataba de respirar, pero un puño de acero le apretaba la garganta. Empezó a marearse.
La descompostura ya se le hacía inmanejable y el extraño lo notó porque corrió hacía  él mientras le decía algo que él no oía. Se habían anulado sus sentidos y de golpe el mundo se  había vuelto un lugar silencioso, vacío y extrañamente quieto.
Quería reponerse sólo para conservar algo de la dignidad arrebatada. Pero todo se puso negro. Y la paz que lo abrazó fue interrumpida por su esposa que lo cacheteaba:
-          Hernán, amor, Hernán, ¡despertá! – gritó Leonora nerviosa - En la heladera está el teléfono del servicio de emergencias, ¡llamálos, apuráte, gil!
-          ¿Donde está el teléfono? - decía el extraño.
-          Usá mi celular. Hernán, ¿qué te pasó? Alcanzáme una silla así le subimos las piernas, traé aspirinetas, por ahí es un infarto.
Hernán ya estaba despierto, pero le daba vergüenza abrir los ojos y enfrentar su realidad. Quería sólo dejarse asistir por su esposa. Que creyera que él se moría era parte del castigo.
            Tocaron el timbre, el extraño corrió a abrir la puerta pensando que era la ambulancia. Se oyeron gritos, exclamaciones.
-          ¡Pará, pará!  A Hernán le está dando un infarto.
-          ¿Qué decís, José?, ¿cómo un infarto? – la mamá de Leonora corrió a ver a su yerno.
-          ¿José? – gritó Hernán olvidándose de la actuación - ¿Vos sos mi cuñado que vive en España? -  preguntó sentándose de golpe.
-          ¿No te estabas muriendo vos? – le dijo Leonora dándole un manotazo en la cabeza.
Hernán se puso colorado y todos lo miraron con reprobación.
-          Pensé que era tu amante – dijo agachando la cabeza -, me desmayé de verdad, pero después no quería despertarme. Me muero si te pierdo.



Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 3 de octubre de 2011

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