miércoles, 19 de octubre de 2011

Paula

Retrato de un Momento


            Paula alzó las manos para sostenerse el pelo, posando a la cámara. Era una tarde cálida de Octubre, se había sentado en un bar de la Cañada, a tomar un refresco con su marido.
No le gustaba que la fotografiaran, no le gustaba posar, sonreír ni verse luego en los álbumes, porque para colmo de sentir aversión a que otros la miraran, salía siempre con cara de mala (la cara que ponía cuando la lente la enfocaba.) Algunas veces sí le gustaba fotografiarse de espalda, mirando el horizonte; otras le gustaba retratar sus ojos, sus pies, pero especialmente le gustaba su mano, porque le parecía de dedos largos y delicados, aunque nunca llevara las uñas arregladas.
            Paula era fotógrafa y le apasionaba ver el mundo a través de una lente. Pero no le gustaba que el mundo la viera a ella de igual manera. Quizás porque cada vez que ella enfocaba buscaba alguna particularidad en las cosas, algo que le llamara la atención, alguna rareza. Y a ella, rarezas y particularidades le sobraban desde que tenía memoria y su madre pedía a gritos una hija “normal”.
            Pero lamentablemente, Fer también era fotógrafo y estaba empecinado en que ella fuera su modelo. La fotografiaba distraída varías veces al día y ahora que estaba embarazada su empecinamiento se había transformado en obsesión, quería que se pusiera de perfil en todos los escenarios. Ella muchas veces se negaba, (le daba un poco de timidez mostrar una incipiente panza de 14 semanas), pero cuando Fer recibía un “no”, se ofendía como un niño. En realidad le hería su entusiasmo de padre primerizo y entrado en años. Así que Paula ponía la mejor voluntad que su clásico pesimismo y sus hormonas le permitieran.
-          Levantate el pelo pero con una mano, como si tuvieras calor. El bebé seguro es varón, en el trabajo dicen que las nenas afean a las madres y vos estás cada vez más hermosa. Yo quiero elegir el nombre si es varón – dijo Fer en tono sarcástico, haciendo alusión a la naturaleza feminista de Paula.
-           En realidad sea lo que sea, al nombre deberíamos acordarlo entre los dos, ¿mirá sí es nena y a mi se me ocurre ponerle Clotilde?
-          Clotilde se llamaba una tía abuela – dijo Fer risueño – ¡era un personaje sin parangón! La vieja era traficante, bah…empezó a traficar cuando se quedó viuda, como ella era francesa podía ir y venir sin complicaciones y el cambio de la moneda de allá a acá, le favorecía, así que…
-          ¡¡Fer!! Si te gusta el nombre Clotilde, por más personalidad que tenga, no quiero ni pensar qué se te puede ocurrir para un varón…capaz que salís poniéndole Zoilo, como ese tío que cuenta tu mamá, el que se hizo cura de grande y le bendijo el río a una vieja para que lo dejara de perseguir con la botellita de agua para bendecir.
-          Jajaja sí, un genio ese cura, ¡odiaba las viejas caretas, con olor a naftalina! ¡Él era genuino!
-          ¡¡¡Igual!!! ¡Ese nombre es de caricatura!
-          Sí, no sé, creo que nuestro hijo nos odiaría…
-          ¡¡¡A vos!!! ¿Te pensás que no le diría que vos fuiste el que le puso semejante cruz?
-          Bueno, pero vos hubieras pecado de cómplice, ¡así que también te odiaría!
-          ¡¡Por eso mismo!! ¡¡Al nombre lo elegimos entre los dos!!
-          Quedate así, Pau, no te muevas – dijo él moviendo las lentes de su cámara profesional.
Paula contó en silencio varias veces para no exasperarse y se dejó fotografiar nuevamente. Mientras ella lo miraba, la cara de él le resultó diferente, como la de un extraño. Le pasaba muchas veces que mientras hablaban el rostro de Fer iba mutando -o tal vez cambiara su sentido de la percepción- pensaba. Algunas veces lo veía hermoso, como si fuera un estudiante pleno de hormonas y ella se llenaba de cosquillas en todo el cuerpo; otras, su cara se volvía desabrida, sus ojos que eran verdes y fogosos se veían marrones y apagados. ¡Y hasta algunas veces le veía la piel porosa y engrosada como si tuviera sesenta años!
Pero estos cambios en la forma de percibir no le extrañaban, ya que le pasaba con ella misma (aunque últimamente no reconociera quién era la mujer que se reflejaba cada vez que se paraba frente al espejo del baño). Había días en lo que se veía hermosa, joven, sensual; otras veces se veía (y sobre todo, se sentía) arrugada, indeseable, fea. Esos días odiaba tener que sacarse el camisón, tardaba horas en vestirse, desarmaba el placard buscando algo que le quedara como la gente.
-          Pau, mira que linda salís en esta foto – dijo Fer dando vuelta la cámara para dejar el visor a la altura de los ojos de Paula – parecés un ángel, fijate en el rayo de luz que se ve a tu espalda.
-          ¿Está todo bien? ¿Desean pedir otra cosa? – preguntó un mozo con ojeras excesivamente marcadas.
-          Pau, ¿querés otra Coca? Yo quiero otra medidita – dijo Fer señalando el vaso casi vacío – ¿está seguro que es Branca? ¡Mire que los otros me descomponen!
-          Vi que cambiaste tu foto de perfil – dijo Paula interrumpiendo – ¡que ocurrencia, sacar la foto de la eco de tu bebé y poner la imagen del águila de Branca, hay que ser fanático!
-          No es fanatismo, es que me mandaron el águila original, el primero que salió editado con el Fernet Branca, fijate que los colores son distintos, ¡esa foto no se consigue!
-          Acá esta su Fernet Señor – dijo el mozo, mientras colocaba en la mesa el vaso con dos hielo y un líquido negruzco.
-          Gracias – dijo Fernando, mientras le servía la Coca a Paula y comenzaba el ritual de prepararse su aperitivo.
Paula lo observaba atrás de su vaso, volvía a mutar su imagen, ahora parecía un niño armando su juguete preferido, esa visión la llenó de ternura, ella apoyó la bebida en la mesa y se levantó inclinándose hacia delante, le dio un beso en la mejilla que Fer devolvió con una sonrisa en lo ojos.-

Carola Ferrari
4 de Septiembre de 2011

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