Entre Sombras, un Recuerdo
Entendí lo que era la injusticia a los siete años. Pero los atropellos son más injustos cuando los realizan tus propios padres. Creo que en esa época tuve mis primeros sentimientos de odio.
Estaba jugando con Pedro, sentados los dos en la sala de mí casa. Pablo había salido hasta el patio a buscar piedras y paja, queríamos armar un fuerte que luego los indios atacarían.
Pedro pedía usar mi capitán de acero y aunque fuera uno de mis mejores amigos, no se lo podía prestar. Luchamos por el muñeco, casi en silencio, solo cuando Pedro me mordió el brazo se me escapó un grito. Ahí entró mi viejo, que estaba en su escritorio haciendo cálculos. Sin pedirle a Pedro que me soltara, sin aviso previo, me levantó de un brazo y aplicó su enorme bota “cuarentaycinco” a mi pequeño trasero.
La sorpresa, el odio y el dolor de esa injusta patada se me borraron al ver la cara de arrepentimiento de mi amigo, quien comenzó a morderse el puño para tragarse las lágrimas en silencio, seguramente para no ligar él también.
Pablo nos vió salir de la casa a los dos, llorando. Venía con los brazos cargados de paja para el fuerte y piedras para el ataque, así que, olvidando el golpe de mi padre, les dije que lo armáramos cerca de la acequia. También le prometí a Pedro que le prestaría el capitán de acero, pero sólo para que dejara de temblar del miedo.
Pedro y Pablo eran los mejores amigos que uno podía tener. A la noche se escondían debajo de mi cama hasta que mi madre pasara a darme el “beso de las buenas noches”. Luego salían y nos poníamos a leer algún libro de aventura. El único problema era la insoportable de mi hermanita, que no quería escuchar las historias y había que contarlas en voz bien baja, casi para adentro.
Algunas veces mi hermana quería jugar con nosotros y enseguida yo volvía a sentir el rigor de la injusticia.
- ¡Papaaaa... Renzo no me quiere prestar el barco pirataaaaa! – gritaba ella. Yo siempre la miraba sorprendido, ¿cómo podían salirle sonidos de esa boca que apenas se cerraba y que mostraba la campanita de la garganta moverse, húmeda y rosada?
- Papá – decía yo con voz firme marcando la diferencia entre una chillona y un hombre – hoy le toca a Pedro capitanear el barco, que ella espere, aparte... ¡las mujeres no capitanean barcos!
- Renzo, dejáte de pavadas – decía mi papá, apoyando a Luchi, y sin escuchar argumentos nos quitaba el barco o lo que fuera. Siempre me retaba cuando nombraba a Pedro o a Pablo.
Mi mamá solía hacer de intermediaria, le suplicaba que tuviera paciencia con mis amigos. Yo no entendía por qué no la tenía. ¿Qué podía preocuparle de que yo prefiriera jugar con ellos y no con la insoportable de Luchi?
Pero aprendí a simular. Si mi papá entraba a la sala donde jugábamos mis amigos y yo, enseguida me hacía el que estaba leyendo o escuchando radio. Si él me preguntaba qué estaba haciendo, me hacía el sordo o sólo respondía: ¡nada! Pedro y Pablo también aprendieron a hacerse invisibles cuando entraba “el ogro” (así le decíamos a mi papá en secreto) se quedaban quietos, sin respirar ni mover la bolita de los ojos; y así, mi papá ni los miraba.
Me acuerdo la primera vez que los invité a comer. Acababa de morirse mi abuelo más querido.
El abuelo Tato era lo mejor que yo tenía en la vida. Me llevaba a pescar a una represa a pocos kilómetros de la casa, a veces nos íbamos en un tractor enorme que me dejaba manejar, ¡incluso poner los cambios!
Él siempre me trataba como a un hombre, me hacía sentir fuerte, útil, lo que fuera que yo hiciera él aseguraba que era lo mejor. Algunas veces me daba cuenta de que exageraba, pero él decía “a tu edad, yo ni sabía atarme los cordones” y obviamente, yo le creía.
Tato era el papá de mi papá. Yo le preguntaba cómo había sido él cuando tenía mi edad y sólo decía que los padres, por trabajar y estar preocupados, se perdían la infancia de sus hijos, pero que ahora le gustaba ser abuelo porque se sentía niño nuevamente.
Claro que Tato se volvía otro niño jugando conmigo, si hasta se tiraba cuerpo a tierra para que “el malón no nos viera” agarraba palos y piedras y salía aullando, para espantar a los indios. Yo lo seguía gritando como loco también y buscando a los indios que debían de estar escondidos. Porque creía realmente que el malón nos atacaba. Mi abuelo hacía reales todos los juegos. Cuando él me veía ya muy alterado, se derrumbaba en el suelo de la risa y me acostaba encima suyo, yo escuchaba su corazón dándole golpes en el pecho y apoyado en ese tamborín de ilusión y felicidad me quedaba respirando agitado.
Al pobre abuelo lo encontré muerto yo, una mañana que la escarcha había congelado hasta el agua de los perros. Entré corriendo a su cuarto y sin mirar su cama, abrí fuerte las cortinas, para mostrarle cómo estaba todo helado.
Cuando lo ví, blanco, verdoso, como dormido, ¡pero distinto! llamé a los alaridos a mi mamá y a mi papá. No podía dejar de mirarlo y cuando me sacaron de su habitación grité y patalée como uno de esos lechoncitos que a veces veía carnear. Hasta le mordí los brazos a la criada que me llevaba.
Cuando me soltaron, corrí de nuevo al cuarto de Tato y lloré alaridos desde el otro lado de la puerta. Yo quería saludar a mi abuelo, darle un beso, contarle que a la noche había visto esconderse el malón del otro lado de la loma, pedirle que me cuidara siempre de los indios. Pero no me dejaron, no me dejaron siquiera estar en el entierro. Volvieron al otro día, con sus ropas negras y diciendo estupideces como que “el abuelo se había ido de viaje” ¡qué iba a irse el abuelo! Habíamos dejado tanto por hacer juntos: terminar la choza; una pista para la bici, y esa noche antes morir, cuando cerró el libro me dijo que en el siguiente capítulo se sabría quién había robado el castillo y que esa era su parte preferida del cuento.
¡El abuelo estaba muerto! y yo sabía muy bien lo que era eso. El mismo Tato me lo había contado todo, sin mentiras, sin medias frases. Me había dicho que todos nos moriríamos algún día, pero que la muerte del cuerpo no nos alejaba de los seres queridos. Que yo, cuando él se muriera, podía seguir hablándole porque él me estaría escuchando. Por eso quería decirle muchas cosas antes de que se llevaran su cuerpo, porque aquello de que me estaría escuchando lo creía a medias, pero si yo veía su oreja de cerca, larga y peluda, seguro que las palabras le llegarían de verdad.
Cuando mis padres volvieron del entierro, trajeron a Pedro y a Pablo. Enseguida nos hicimos inseparables, como carne y uña. A ellos sí les conté de mi abuelo, de la muerte y de las mentiras que los mayores nos dicen.
Les pedí a mis padres permiso para que mis nuevos amigos comieran con nosotros y no tuvieron ninguna objeción. Les puse dos platos a mi lado; siempre se sentaron en el mismo lugar. Sólo cuando venían visitas, mis padres me obligaban a sacarles los platos. ¿Estaban locos mis padres? Yo armaba tales berrinches que terminaba comiendo en mi cuarto, con mis dos mejores amigos.
Todo terminó cuando decidieron vender la estancia y mudarnos a Buenos Aires, “hemos comprado un departamento frente a la manzana donde está el Congreso”, me contaron para entusiasmarme. Pero yo ya odiaba esa ciudad que no conocía.
Cuando partimos en el auto, Pedro y Pablo se sentaron a mi lado. Todo iba bien, hasta que le dio sueño a Luchi y quiso acostarse arriba de mis amigos. Obvio, yo los defendí, ¿cómo iban a viajar mil kilómetros con esa plomo encima?
Empujé a Luchi, para que se bajara al piso a dormir y mi papá se dió vuelta, mientras manejaba, para amenazarme. Mi mamá también me retaba:
- ¡Dejá a tu hermana acostada en el asiento! hay lugar de sobra.
- Pero mamá, está sentado Pablo, estamos jugando.
- Basta Renzo, que se corra Pablo.
- No, no puede correrse, tiene a Pedro pegado.
- ¡Se acabó! – bramó mi viejo, como un toro enceguecido. Los ojos se le volvían rojos cuando se enojaba.
Hizo una maniobra brusca hacia el costado de la ruta, bajó de su Fairline azul, abrió la puerta de mi lado y me dijo:
- Acá se quedan Pedro y Pablo.
Yo lo miraba con la boca bien abierta, no articulaba palabras.
- Acá se quedan... ¡Bajálos!
- Mamá... – lloriquée un poco
- Nada de mamá, ¡se bajan del auto! – mi mamá muda, la vista hacia delante.
- Yo me quedo con ellos – dije mirando la ruta de soslayo: una lengua oscura que se perdía en el horizonte. Pude sentir en mi pequeño cuerpo el quejido del viento, la sed de los arbustos y la soledad que invitaba a un naufragio.
Mi papá se subió al auto y aceleró salpicando piedras que me azotaron las piernas. Comencé a correr detrás del auto, gritando, llorando. Ardía de terror. Arañaba el desierto mi espalda.
Paró sobre la ruta y se bajó a abrirme la puerta. Yo me dí vuelta y ví a mis amigos parados al costado del camino.
- Subí - me dijo mi viejo.
No pude volver a mirarlos. Me sentí un cobarde.
Años después, cuando mi viejo ya hacía muchos también que había muerto, mi mamá evocaba ese episodio y se reía a carcajadas. Le divertía recordar a mi padre y su poca paciencia. Pero aseguraba que esa pedagogía había sido más efectiva que las que tienen hoy los psicólogos, porque desde ese día yo dejé de soñar despierto y me volví una persona realista.
Y puede ser cierto, me convertí en un hombre pragmático, abandoné el mundo de las fantasías. Me quedé con sueños sin soñar, con palabras mudas y escenarios vacios. Aunque, real o no, la imagen de mis amigos engullidos por el duro asfalto transita sonámbula entre los rincones de mi mente.
Carola Ferrari
Santa Rosa de Calamuchita, 02 de febrero de 2012
Caro: Muy bueno este cuento!!!
ResponderEliminarLos cuentos tuyos que hasta ahora he leído tienen la particularidad de que me trnsportan a la escena en que transcurren, con mucha facilidad.
Los personajes se sienten muy cercanos, tal es así que sin mayores descripciones de los mismos, uno puede visualizarlos. Esto se debe a que has, inconscientemente o no, sabido elegir que contar para que el lector se sienta tocado en algún lugar de su historia personal, ya sea por haberlo vivido en carne propia o por haber estado cercana a ella.
Gracias por el privilegio de poder leerlos y espero no aburrir con mi apreciación.
Dani
Nada de aburrir!!! gracias por tus palabras!!!! te mando un beso enorme y me encanta que te haya gustado!!!!! ojalá siempre sientas lo mismo!!
ResponderEliminarHola Caro!
ResponderEliminarHola Lizzie!! veremos como progresamos en el mundo blogger!! jajaja
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